LA CALMA

 

Las aguas estaban negras como la pez, el cielo tenía una luz hiriente, blanquecina.  Estaba claro que se avecinaba una buena tormenta. Al principio pensó que solo se metería en lluvia, había visto el arcoíris en medio del océano y eso preludiaba agua, pero pronto se dio cuenta de que tendría que estar preparado para manejar el barco con acierto.

Su intención era volver a la costa continental africana para doblar Cabo Verde, pero en el mar lo puedes perder todo con un simple gesto. Esto era algo que Miguel sabía muy bien desde joven y aun así hizo el gesto equivocado. Antes de darse cuenta entró de lleno en una borrasca .El velero escorado a babor gruñía como una fiera. No tuvo tiempo para recoger el trapo, el palo se quebró y la vela salió volando hecha girones, la nave se balanceaba y la orza amenazaba asomando,  lo único que podía hacer el marino era intentar poner la proa contra el oleaje.

Cuando pasó la tormenta llegó el momento de ver los daños que eran muchos.  Con la calma Miguel se afanó reparando las averías, el motor estaba inservible, esperaría al viento para navegar. El hombre se dispuso a disfrutar del mar y la soledad, esa era en realidad la finalidad de su viaje.

Al final de la primera semana fue consciente de que estaba en un periodo de calma chicha, sabía que se encontraba en algún punto del Atlántico sur, esta era una zona de escaso tráfico marítimo, comenzó a racionar el agua.

Sabía historias de marinos atrapados en la mar encalmada, pero después de la segunda semana, nada de lo que pudiera haber oído podía compararse a la sensación que experimentaba.

A los veintiún días  un albatros apareció en el cielo y vino aposarse en la cubierta del barco. El marino lloró de desesperación sabiendo que aquellas aves necesitan las corrientes de aire para surcar los cielos, si aquel pájaro se detenía era señal de que estaba exhausto, de que no encontraba un curso de viento que lo sustentara.

No era quietud, era la nada, la nada no puede ser comprendida por un hombre cabal. Aquella calma no tenía que ver con la tranquilidad, no aliviaba del cansancio, esa calma significaba una muerte brutal, aun estando vivo. El silencio era atronador, ni un solo sonido llegaba a sus oídos, ni el tintineo de los cables al chocar con los palos, la calma se lo estaba tragando todo y ya casi había engullido al marino que había dejado salir a sus demonio y los veía correr por la cubierta del barco.

No podía dejar de recordar a la mujer que le esperaba, ya no sabía si resonaba en su memoria las noches de amor  en Estambul o el tiempo perdido.

Los pulpos gigantes abrazaban la embarcación para ingerirla  y a él solo le llegaba el sonido de su propia voz como el graznido de un ave. Las sirenas le cantaban para que, acabando con la locura, se lanzara a un mar vacío de vida, solo habitado por monstruos, medusas de mirada asesina y cadáveres de otros marinos, algunos le sonreían con malicia.

 El calor le aplastaba el pecho la quietud le aplastaba el espíritu y la sed…..la sació como un vampiro, bebiéndose la sangre del albatros.

 Ansiaba la llegada de la noche, el roció humedecía sus labios  que ya eran un pellejo,  la bóveda celeste se llenaba de estrellas y el hombre, aun viendo su insignificancia, fabulaba con no estar solo en el universo.

El mar no tenía ronza, casi estaba seguro de que se había convertido en una superficie dura, capaz de soportar su peso, lo tenía decidido al amanecer caminaría sobre las aguas, se alejaría de aquel ataúd en el que se había convertido su barco.

Metido en estos pensamientos vio pasar una bandada de delfines saltando alto y pensó que aquello significaba viento, pero que eran, en realidad, las sirenas que lo hacían enloquecer, porque en el mundo ya se había instalado la nada y él era lo único que quedaba. Al tenderse  sobre la cubierta vio un cielo cuajado de estrellas que titilaban, señal inequívoca de aire, pero cerró los ojos porque a menudo le bailaban las estrellas y sólo era su imaginación.

Una campanilla comenzó a sonar a la amanecida, Miguel notó la brisa en la cara, la esperanza en el alma y olvidando la nada soltó trapo y cogió el timón. 

El mar de Mármara era su destino.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Esta bonita historia marinera me ha recordado mucho a un poema largo de S. T. Coleridge que se titula "Balada de un viejo marinero" (The Rime of the Ancient Mariner). En él desempeña un papel destacado un albatros y una calma terrorífica, como la de este cuento.

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  2. Salva, la lámina que has puesto es mucho mejor que el relato.
    Gracias.

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  3. precioso, y muy bien documentando. Es un gran relato marino. se nota tu amor al mar y a todo lo que huela a él. Me ha encantado.

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  4. Gracias Auro, quizá agrupe los relatos del mar y me piense lo de hacer algo con ellos. Tengo bastantes

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  5. Me ha parecido fastuoso, épico, lírico, y me ha gustado más aún al leerlo que al escucharlo en la tertulia

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  6. A mi también. me ha gustado más ahora incluso que entonces

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  7. Qué cosas más chulas decís. Muchas gracias. este estaba en gilipolleces.

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