LA PANTALLA DEL TELEVISOR
El verano fue insoportable, no había un milímetro de piel que estuviera seco. Las nalgas las axilas, las corvas de las piernas, todo estaba siempre pegado.
Tumbada en la cama esperaba a que alguna bocanada de brisa me recorriera el cuerpo. Allí, con los ojos cerrados, aguardaba una pequeña ráfaga de viento que imaginaba coloreada, tiñéndome la piel. No venía de golpe y con regularidad. Rozaba, por ejemplo, la pantorrilla y subía por el muslo hasta la cintura, entonces, agotada, se extinguía y había que esperar a la siguiente. Yo le otorgaba un tono anaranjado, imaginaba que se me había quedado la pierna entintada de ese color y pacientemente esperaba a la siguiente con la esperanza de que se mereciera ser azul y fresca, que me recorriera la espalda, subiera a la cabeza y me trajera la esperanza de quedarme dormida.
Pero muchas noches, no me quedaba más remedio que levantarme, salir a la terraza y buscar oleadas de aire que me refrescaran el cuerpo.
En la casa de enfrente veía la gran pantalla del televisor, a veces, los dos habitantes de la casa, salían desnudos. Buscaban en su terraza lo mismo que yo.
A mí no me incomodaba su desnudez, procuraba no mirar, pero aun así me percataba de detalles, sabía quién mandaba en la relación de aquellos dos hombres, por pequeños detalles, por el lenguaje de los gestos, estaba claro que el alto era el dominante, el que decidía cuando salir o cuando el otro debía volver a entrar.
La televisión, que siempre tenía puesto you tube, estaba eternamente encendida.
Pero aquella noche fue diferente. Ya era muy tarde, el cuello empapado en sudor me despertó y desesperada, salí buscado alivio.
La televisión estaba apagada, no me pareció tan feo mirar directamente, no sentí que invadiera la intimidad de nadie. Entonces, en el reflejo de la pantalla apagada, vi como los dos hombres mantenían ¿Una relación? No sé cómo calificarlo, inmediatamente quise sacar de ahí mi mirada, pero ya era tarde, uno de ellos apretaba el cuello del otro con un cinturón.
El hombre cayó al suelo como una marioneta que pierde los hilos. Sentí un frio intenso y entré en casa.
Después de despertar a toda mi familia, presa del pánico, me miraron todos con preocupación.
Cariño, dijo mi marido. Mamá… mis hijos.
En esa casa no vive nadie desde hace más de diez años, está cerrada a cal y canto, mira las persianas, tienen el polvo acumulado de todos estos años, es una casa desocupada.
El portero del inmueble me lo corroboró al día siguiente, esa casa estaba vacía.
Mucho tiempo me costó asumir que todo había sido fruto de mi imaginación, del calor quizá.
Han pasado tres años. Esta semana una empresa de limpieza está de zafarrancho en la casa de enfrente. Parece que va a entrar alguien a vivir.
Han dispuesto los muebles de forma similar a la de mis ensoñaciones, la televisión está todo el día puesta y sintonizada en youtube, una pareja de hombres pasea a menudo por la casa totalmente desnudos. Yo empiezo a sentir miedo porque son los mismos de mi visión.
Mi marido no quiere saber nada del asunto, cuando he querido contarle me ha respondido…
Por favor, relájate y no me des trabajo.
Chick Corea, Windows https://youtu.be/Hp5B64jXbu0
La ventana indiscreta, de Hitchcock (1954):



Relato muy inquietante que tiene mucha miga. Muy acertadas las fotos Salva.
ResponderEliminarEste tiene desarrollo
ResponderEliminarYa lo creo. Se merece un "continuará".....
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