EL ALMACÉN DEL TIEMPO

Todos hemos oído en alguna ocasión historias de gente que ha tenido una experiencia cercana a la muerte. Esta es una de esas historias, pero difiere mucho de otras que yo misma he oído relatar.

Todavía no está muy claro para mí cómo ocurrió, pero es el caso que yo estaba cenando con un grupo de amigos,  era algo que repetíamos cada dos semanas, todo transcurría con normalidad y de pronto sentí un pitido intenso, un sudor frio me cubrió la piel y un fuerte dolor en la espalda me obligó a replegarme con un espasmo. Ya no puedo recordar nada más.

De pronto me vi caminando (no es el término adecuado) y no negaré que, como en otras historias, había una luz delante de mí pero, de pronto, y no por voluntad propia, giré hacia  un lado y el resplandor quedó a mi izquierda.

Entré en un espacio cerrado pero inmenso. Cuando pude adaptar mi vista reparé en un sinfín de estanterías que recubrían las paredes de aquel “almacén”, hasta perderse de vista, tanto a lo largo como por lo alto.

Las baldas estaban repletas de relojes de arena, de todos los tamaños y con la arena en su interior de muchos colores.

El lugar parecía desierto, pero sin embargo, se notaba que no había abandono, todo estaba perfectamente organizado, ordenado y muy limpio.

Algunos relojes brillaban, otros eran opacos y oscuros, otros palpitaban y en un  inmenso contenedor, se podía ver restos de cristal roto y  de arena.

Nada podía yo entender, jamás había oído hablar de aquel lugar.

Una extraña sensación me alertó, eso tipo de reacción animal y primitiva que hace que se levante el vello de la nuca y las orejas se tensen y suban ligeramente, como le ocurre a cualquier bestia.

Por el rabillo del ojo vi, en el hueco del  estante más próximo a mí, a una figura que rompía la armonía de cristal y arena.

Inmediatamente me di cuenta de que se trataba de un hombre agazapado. Se llevó un dedo a la boca en señal de advertencia, mientras me indicaba que me aproximara. Me acerqué con cautela, pero el susto no duró mucho, otra vez por instinto, supe que no sería una amenaza para mí.

Sostenía en su mano un reloj roto, con un tremendo boquete en la parte superior, y otro en la parte de abajo que él tapaba con los dedos, intentando impedir que salieran los últimos dos granos de arena.

Me acurruqué a su lado y le pregunté dónde estábamos. Aquel hombre me contó que solo muy de vez en cuando llegaba alguien por allí, siempre por error y era muy raro que el guardián del tiempo cometiera errores.

¿El guardián del tiempo? Pregunté. Entonces él me advirtió que hablara quedo, que el hombre no tardaría en aparecer y que si me veía allí, yo, estaría perdida.

Comenzó a explicármelo todo.

Aquel era el almacén del tiempo y del destino. El guardián era el encargado de asignar un reloj de arena a todos los individuos. Dependía de la cantidad de albero que metiera en el cristal que la vida fuese más o menos larga. Dependía de lo ancho que fuera el conducto de bajada, para que la vida transcurriese más o menos azarosamente. La existencia era más o menos fácil, en según qué aspectos, dependiendo  del color de la arena. Así pues, si mucho polvo dorado, gran cantidad de dinero, si mucho sábulo, una vida pesada y difícil; arenisca rosada en cantidad, una vida amorosa intensa.

Me dijo que el guardián era un hombre cruel, inestable y caprichoso que cuando tenía un mal día, construía relojes feroces que dificultaban la subsistencia de los hombres. En ocasiones añadía partículas de sílice que provocaban heridas en las vidas de las personas, arañaban el alma y de esta forma ellos mismos vaciaban la arenilla de golpe. Esos restos eran los que acababan en el gran contenedor del centro.

Me contó que me estaba esperando desde hacía dos años. Yo, sorprendida, lo miré interrogante. Me explicó que mi reloj era defectuoso. Lo encontró por casualidad y, al ver las características, supo que era muy probable que el dueño del reloj tuviera que pasar por allí. Me reveló que cuando se acaba el tiempo palpitan las bombillas. Él escondió las mías a la espera de mi llegada para evitar que el guardián del tiempo lo destruyera y me privara de tiempo de vida.

De pronto entró aquel ser en mi campo de visión, era un hombre diminuto, con los labios muy finos y dientes puntiagudos. Vi cómo soplaba las bombillas y construía sus relojes con una rapidez pasmosa. Cuando alguno no quedaba como él quería lo estampaba en el contenedor, vidas truncadas antes de nacer. Otras veces los hacía maltrechos a propósito, con la finalidad de que los destinatarios tuvieran una vida dolorosa y llena de dificultades. Continuamente mascullaba…. “NO ME DEIS TRABAJO

Mi amigo me explicó que él llevaba años allí. En la tierra era un cuerpo vegetativo. Se resistía a dejar escapar los dos últimos granos de sablón porque tenía algo sumamente importante que decirle a su hijo. No podía permitirse partir sin que lo supiera.

Él estaba allí esperando a que alguien como yo, alguien que por error hubiera entrado en el almacén, quisiera ayudarle. Por supuesto me ofrecí de inmediato, aunque yo no estaba nada segura de poder volver.  Y eso fue lo que me salvo la vida, puesto que para que yo pudiera ayudarle, él, me tenía que ayudar antes a mí.

Me dijo que en el momento en el que yo cumpliera con mi compromiso, dejaría que se vaciara su reloj.

Fue entonces cuando me enseñó mi bombilla. Era imperfecta. Tenía una especie de asa, como la de las tazas y, aunque en el interior del receptáculo superior ya no quedaba polvo, había una reserva considerable en  aquel mango. Me facilitó la forma para que pudiera destaponar el conducto y me aseguró que aún me quedaban unos buenos años de vida.

Le prometí que si volvía a la vida, lo primero que haría sería buscar a su hijo. Aquel hombre me deseó buen viaje y me aconsejó que durante el trayecto de vuelta escuchara a mi conciencia, para procurar resarcir los errores cometidos. Le di mi palabra y, bruscamente, sentí cómo una fuerza irresistible me tiraba del ombligo, mire y advertí un fino hilo de plata que me empujaba. Como en una ráfaga me pasó la vida por delante. A la derecha vi en un flash la luz y contra ella se recortaban dos figuras que me recordaron a mis padres.

Súbitamente volvía a estar en el   restaurante. Estaba en el suelo desnuda de cintura para arriba, pero no me avergoncé. Mis pechos parecían de mármol al igual que mi nariz, las orejas tenían un tono violáceo y mi piel, toda ella, parecía devolver un frio infinito.

Mis amigos estaban sentados, sin capacidad de reacción. Por algún motivo  yo podía saber lo que pensaban.

Alguno de ellos intentaba recordar la última interacción entre nosotros. Mis amigas no querían comprender, o no podían, y Miguel, médico jubilado y entrañable amigo,  no podía perdonarse no haberme recuperado de los brazos de la muerte. Se le veía agotado, sudoroso y vencido. Él, moreno como un olivo, tenía blancos hasta los labios y a pesar de su conocimiento de la muerte una lágrima resbalaba por su mejilla.

Conmovida me enrosqué en su cuello y le susurré que todo estaba en su sitio. Noté que él notaba un aliento de vida y miraba mi cuerpo inerte intrigado, buscando un movimiento en mí.

Con un espasmo, como el de salida, volví a entrar en mi cuerpo y  sentí el dolor (mi amigo en su afán por recuperarme, me había roto una costilla). ¡Bendita fractura! me vino a confirmar que seguía viva.

Ya solo resta decir que encontré a la familia de mi amigo, que le di el mensaje al hijo, que como es lógico no estoy autorizada a desvelar, y que al día siguiente se produjo el óbito después de doce años de sufrimiento mudo.

Tengo la sensación de que mi benefactor pudo añadir  en mi bombilla algún que otro grano de arena de colores que me habían sido esquivos durante mi vida.

Siempre le estaré agradecida. 

 


Comentarios

  1. Es un relato de concurso, de ganarlo, claro . De lo mejorcito que has escrito, que mira que es difícil porque tienes un montón buenísimos.
    Ya te lo dije. Además., tu lo sabes. Me gusta muchísimo.

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  2. Este es de los relatos que me Dan pena, ojalá fueras miembros d3 un jurado

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