ESTAMBUL Y EL COMPLOT
Disculpe si no lo puedo recordar todo con precisión. Ha pasado ya tiempo y todo el mundo intenta confundirme; pero lo que le voy a contar es la pura verdad.
Fue nuestro último viaje;
a Estambul. Yo llevaba mucho tiempo con ganas de ir allí, pero Alberto nunca
había mostrado demasiado interés. Cuando, al fin, accedió, me lancé con toda mi
ilusión a planear visitas y rutas.
No me acuerdo con
exactitud, pero creo que fuimos en abril. En cualquier caso era primavera y una
luz espléndida se derramaba sobre las cúpulas de las innumerables mezquitas,
mientras el autobús de la agencia nos levaba camino del hotel.
En un principio no note
nada. Puede que Alberto estuviera algo más callado que de costumbre, pero mi
entusiasmo ante la magnificencia de Santa Sofía, de la Mezquita Azul, del
Palacio Topkapi, me impidió darme cuenta de la magnitud de lo que estaba
ocurriendo.
Pero el tercer día,
mientras visitábamos en Bran Bazar, perdí de vista a mi marido, al doblar un
recodo. Desesperada, regresé a la última tienda en que habíamos estado,
pensando que a él se le ocurriría hacer lo mismo; pero, tras dos horas, me di
por vencida y regresé al hotel. Volvió al cabo de otras dos horas , se excusó
diciendo que se había distraído y después no me encontró. Fueron unas
explicaciones vagas y no le creí.
Al día siguiente, en la
habitación, me dijo que iba a comprar unos encargos para amigos y que apenas
tardaría, pero no llegó hasta pasada hora y media. Ante su gesto adusto, no
tuve fuerzas para preguntarle nada. Salimos a patear las calles y acabamos
cenando, en Kumkapi, pescado y marisco, que no pude disfrutar, pues se cernían
sobre mí los más negros pensamientos.
Aquella noche, me aseguré
de que Alberto dormía y miré su móvil. El registro mostraba infinidad de
llamadas al mismo teléfono, algunas de las cuales, de larguísima duración
correspondían a estos últimos días. Aunque la destinataria aparecía con dos
iniciales, reconocí el número: Era el de Marisa, la que yo creía mi mejor
amiga.
Pasé toda la noche
llorando, encerrada en el baño; al día siguiente, él ni siquiera reparó en mis
ojos enrojecidos y mis párpados hinchados. Estaba claro que ya ni me miraba;
pero yo, empecinada en acabar de aprovechar la estancia, me propuse no decirle
nada hasta que regresáramos a casa.
Pero fue en vano, tiempo
perdido; por más que, durante los dos días que nos quedaban, continuamos
visitando más mezquitas, el Bazar de las Especias y tantos y tantos lugares; a
pesar de la temperatura extraordinaria y las vistas pintorescas durante el
crucero por el Bósforo, ya no fui capaz de disfrutar un ápice, pues me pasaba
el tiempo entre la pena, la furia y los planes de venganza. Afortunadamente, no
me vi obligada a darle conversación: era evidente que él también tenía la
cabeza en otra parte.
El último día, el autobús
nos esperaba a las 6 de la mañana para llevarnos al aeropuerto. Yo abandoné la
habitación sola, gracias a unos somníferos que le disolví en el té la noche
anterior ¡Que se apañara como pudiera para volver a España!
Para mi sorpresa, en el “check
out”, no mostraron ningún asombro al verme sola; sin embargo, lo que sí me
extrañó fue que en el bus pasaron lista de pasajeros, pero omitieron el nombre
de Alberto (vaya suerte, pensé yo). Afortunadamente, los hados me estaban
ayudando.
Llegué a casa sin
incidentes y sin haber recibido llamada alguna de mi malhadado marido. Sin
embargo, yo sí me apresuré a telefonear: a Marisa, claro. Le grité, la increpé,
le dirigí toda clase de insultos por estar liada con Alberto. “¿Qué Alberto?”,
preguntó con acento de asombro. “¡Mi marido, desgraciada!”. “Pero, pero, si tú
no estás casada, Olga ¿Qué te pasa?”.
Y, como ya le he
explicado, ahí empezó esta pesadilla; se manifestó este complot del que soy
víctima. Me puse, frenética, a buscar todas las pertenencias de Alberto por la
casa: No había ni rastro; alguien, seguramente la misma Marisa, se lo había llevado
todo aprovechando mi ausencia.
Nadie me dice la verdad.
Todo el mundo me odia, quieren volverme loca diciéndome que Alberto no ha
existido más que en mi imaginación; pero yo se que usted me cree, doctor ¿No es
así?



Ya te lo dije ayer y te lo repito hoy, Fantástico, me encanta el fina, es estupendo.
ResponderEliminarGracias, Ana. A mi me parece que no es para tanto.
EliminarAlberto fue asesinado en Estambul por las personas que acompañaban a la protagonista del relato. Los motivos son muy plausibles, pero no es el momento de explicarlos. En vez de buscar excusas para su desaparición optaron por negar su existencia, que es más fácil. Limpiar la casa de los objetos del desaparecido no fue complicado porque gracias a la gran amistad y confianza tenían una llave. Lo que no saben es que Alberto sobrevivió al intento de asesinarle y ahora vive en un manicomio de Turquía, donde se empeña en que él no se llama Mustafá y que nunca ha sufrido una amnesia a consecuencia de caerle en la cabeza un ladrillo desprendido de un minarete. Es más, todo eso lo explica en turco y con acento de Anatolia, lo que también tiene explicación pero no quiero abusar de la paciencia de ustedes.
ResponderEliminarMuy bueno, Salva. Que ingenio!
EliminarBuenísimo, Mercedes! Ya te dije ayer que me gustó mucho. Podría ser el argumento de una película de terror, ¡y de las buenas!
EliminarMuchas gracias, Aurora. Me fascinan las historias de psicóticos, o de quienes lo parecen porque les están haciendo luz de gas.
EliminarEsta historia sí que mola, Salva. Y gracias por los fotogramas con los que has ilustrado mi relato.
ResponderEliminarUn placer.
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