La misma moneda
La otra da mucha
importancia a los colores y a los aromas que a mí me pasan inadvertidos. Nos
parecemos tanto como nos diferenciamos. Su vida es lineal, diríase que
predecible, exceptuando los golpes de mala suerte y las pequeñas pero inesperadas
alegrías. Mi existencia, sin embargo, es azarosa, mis situaciones, inestables y
las sorpresas para mí son la norma común.
Ella envidia de mí
justamente eso: mi capacidad para el cambio, mi adaptabilidad a las situaciones
más inverosímiles y la presencia de ánimo con la que las arrostro; también la
diversidad de paisajes que soy capaz de visitar sin solución de continuidad. A
mí me gustaría poder contar con un mínimo de libre albedrío y no verme en la
tesitura de hallarme donde me lleve el azar (quizá no sea el azar, pero esa es
la impresión que tengo).
Tengo que decir en
descargo de la otra que ella quisiera, incluso intenta en innumerables
ocasiones dirigir mis pasos a los lugares y situaciones en que ambas
quisiéramos estar y donde pudiéramos encontrarnos; pero es muy difícil y lo ha
logrado contadísimas veces ¡Ay!
La otra va envejeciendo
inexorablemente; sin embargo yo cambio de edad a cada momento; a veces soy joven,
en algunas ocasiones, incluso, niña; otras soy ya mayor, pero creo que nunca llego
a alcanzar su edad, cosa que a ella le sorprende, aunque sé que en el fondo le
agrada y le hace gracia. Debido a esa mutabilidad, puedo ver y vivir
episódicamente con aquellas personas queridas que nos dejaron hace tiempo, sin
sorprenderme y con la mayor naturalidad.
No somos ni mucho menos
una doctora Jekyll y una Mistredd Hyde. Es verdad que ella a veces me teme; no
la culpo: soy tan impredecible; pero sabe perfectamente que no puede prescindir
de mí. Por mi parte, no siento ningún deseo de hacerla desaparecer y
suplantarla definitivamente: Mi existencia depende de la suya y aunque no fuera
así, necesito su cordura.
Aunque pueda pasar
inadvertido, nos cuidamos mutuamente. Cuando me siento perseguida,
aterrorizada, en peligro inminente, ella no me abandona a mi suerte diciendo “revienta”;
me hace desaparecer de golpe y toma mi lugar en su mundo tranquilo. Si me
siento paralizada y comienzo a arrastrarme por el suelo, o intento hablar y
enmudezco, o si de repente aparezco desnuda en un lugar concurrido, hace lo
imposible por rescatarme de esas denigrantes situaciones. Yo, en justa
reciprocidad, vivo para ella mil aventuras y hago el amor por ella, cuando lo
echa de menos.
Somos dos caras de la
misma moneda y lo cierto es que lamentamos no poder hacer más la una por la
otra, aunque ella está pensando seriamente en adiestrarse para dirigir sus
sueños; cuestión que yo aceptaría gustosa. Por mi parte y, de momento, le estoy
haciendo el inmenso favor de no dejar que entren en mi mundo ni coronavirus ni
mascarillas, ni geles hidroalcohólicos, ni distancia social. En sus sueños, no existe
la pandemia.

"Todo será del impalpable
ResponderEliminarmetal del sueño".
José Hierro, "Apocalipsis y esperanza"
¿Quién sueña a quién? ¿Y si soñador y soñado están a su vez dentro del sueño de un tercero?
¡Hummm!
Es un tema apasionente y el relato muy bien escrito.
ResponderEliminarMe ha encantado Mercedes,. No sé si yo hubiera podido expresar tan bien como tu lo has hecho esa dualidad que la gran mayoría de los humanos llevamos dentro.
ResponderEliminarYo desde luego la tengo y tu relato, de haber sabido escribir tan bien como tu podría haberlo escrito yo, de tanto como me identifico en él.
Me encanta. Muchas gracias.