EL MAPA DE MI VIDA

 

 

Mi  primer recuerdo de un mapa se me pierde en la memoria.

Yo, como supongo que alguno de vosotros, tenía una foto, en la que no levantaba dos palmos del suelo, en tonos sepia, con un libro en las manos y un planisferio a la espalda.

Crecí con un mapa en el encerado.  Me asombran  los cartógrafos que supieron trazar los maravillosos contornos del mundo, yo, que no soy capaz de dibujar  la sencillez, con forma de gota, de la isla de Sri Lanka (antiguo Ceilán),  que sabe a té.

El atlas era el libro que nunca me defraudaba.  El diccionario tardó más en ser importante para mí, me llenaba de frustración. Si, por ejemplo, iba corriendo a buscar  una palabra escatológica,  el libro aquel me remitía a otra y cuando encontraba la palabra no cubría mis expectativas. Yo esperaba otra cosa, no sé cómo explicarlo, pero me resultaba poco esclarecedor. No me alimentaba el morbo.

El Gran Atlas era otra cosa, todo quedaba despejado.

 Si mi padre decía “eso es así aquí y en Fernando Poo”, mi abuela me prohibía tocar aquello porque “valía un Potosí” o mi madre, enfadada,  sentenciaba “desde Sebastopol a la Cochinchina” yo me precipitaba sobre el librazo aquel y encontraba todos aquellos sitios y me admiraba de que existieran y tuvieran aquellos nombres tan cuentistas.

Con el tiempo fui fabricando con la gente de mi vida el mapa de mi vida. Así pues, si un amigo se iba a vivir a Vigo o a Salamanca, yo lo ubicaba como un muñeco en aquella porción del mapa y me imaginaba los lugares que aún no conocía por las noticias que me llegaban de ellos.

 Si alguien conocido se iba a La India de viaje, yo me preocupaba de localizar la ruta y saber la orografía. Me imaginaba el monzón, los alisios y los contralisios como a luchadores entablando una batalla y al fenómeno de la corriente del Niño llegando  a las costas de Chile cuando alguien que pintaba algo en mi vida estaba allí.

Al leer un libro me afanaba por encontrar el volcán (los volcanes siempre me han vuelto loca) y descubrir por dónde se entraba y se salía del centro de la Tierra.

En una ocasión, siendo muy joven, cuando pretendes partir de cero, como si hubieras hecho camino (en realidad estás en cero coma dos) busqué las antípodas de Alicante, por encontrar el sitio idóneo para recomenzar una vida completamente opuesta a la mía que, a ratos, a temporadas, no me gustaba nada.

 La sorpresa fue que no era posible ser tan exacto porque me hubiera  ahogado en el mar, pero cerca hay una ciudad, con una pinta estupenda, Gisborne  se llama. Está en la isla norte de Nueva Zelanda mirando al Pacífico.  Se le llama también ciudad de los ríos y aunque no es tan luminosa como Alicante, parece un sitio precioso para vivir.

Ahí me voy cuando, cíclicamente, mi vida revienta. Allí tengo un barco y me atrevo a navegar sola, sin miedo al mar, al que tengo por amante, pero que, en ocasiones, temo que me quiera engullir para que no me pueda apartar de él.

Siguen incorporándose al mapa de mi vida lugares, Gijón es ahora Julián. Cuando en las noticias sale el parte meteorológico, me fijo por saber si tendrá que coger paraguas y creo que últimamente se ha llenado de jabalíes, eso puso él en el grupo de  whatsapp. 

Pero la última incorporación inamovible e importante fue Portugalete con su barrio “El Grupo del Progreso”, allí  creció una amistad tardía que salió precipitadamente de nuestras vidas. Yo busqué el enclave y sus casas de dos plantas adosadas e imaginé la infancia de mi amiga en ese lado de la ría, cruzando el puente a escondidas para encontrarse con sus raíces.

 Pero esta es otra historia.  

 

23/11/2020.

Comentarios

  1. Estupendo. Y más aún si tenemos en cuenta que el Atlas también es una cordillera.

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  2. ¡Estupendo Ana! Está lleno de nostalgia, cariño, guiños y matices dulces y evocadores.
    ¡Bonito recuerdo -homenaje! la de Portugalete estará feliz de haberte conocido, allá desde donde esté, que no te quepa duda.

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  3. Precioso y emotivo ¿Me prestas el barco?

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