EXEQUIAS

 

Volvía de la droguería con paso firme, decidida a acabar con las hormigas antes de hacer lo que tenía previsto. Estaba harta de ver aquel cordoncillo negro buscando el azúcar en la alacena.

Una vez esparció el polvo por los rincones de la cocina, se fue a su cuarto. Abrió el armario y buscó las cajas de cartón. Siempre pensó que la primera en utilizarse sería la de él, sin embargo, ella que tenía facilidad para ver los acontecimientos futuros, erro en eso. Primero usaría la suya propia.

En la caja había lo común. Las bolitas de alcanfor, una pastilla de jabón, para lavar el cuerpo, dos paquetes de café, para sobrellevar el velatorio y la mortaja. La suya era  de paño marrón, para algo era devota del Carmelo.

Llamó a su hermana y le dijo que buscara a la avisadora.

– ¿Quién se ha muerto? Preguntó asustada la hermana.

–Tú búscala y no preguntes.

Una vez vino la mujer, pactó con ella una paga por sus servicios y le dijo que estuviera atenta y que hiciera bien su trabajo. Le dio las órdenes y el dinero para las misas y lo dejó todo atado.

Se amortajó y se tumbó en la cama. El pelo lo untó para que no le subieran hormigas y les puso una trampa en un dedal de azúcar con polvos. La habitación se impregnó del olor de las almendras amargas.

La casa se inundó de susurros, se pidieron sillas a los vecinos, se vació el cuarto de muebles para que cupieran las veladoras, se prepararon para las negras horas con negros ropajes.

Cuando llegó el marido se encontró la casa como un velatorio.

Entró en el cuarto el hombre y acercándose a su esposa le preguntó (aunque ninguna falta le hacía) porqué estaba determinada a morir.

Ella levantó la vista con desprecio. No se atrevió a más el amo de todo, menos de la voluntad de su mujer.

Fueron desfilando por allí los allegados y el servicio. Cuando le llegó el turno a la sobrina, la moribunda clavó los ojos en ella.

–Demasiado bien sabía yo que tú traerías la desgracia a esta casa, susurró. Un pollico sin plumas eras y ya vi yo  que intentarías tragar todo el maíz.

La chica se retiró algo turbada, pero con una sonrisa de triunfo en la boca. Sabiendo que cuando todo acabará ella sería la dueña y señora de todo.

Pasaron muchos días y la mujer estaba cada día más débil, aunque le costaba dar el último paso. Como todo el mundo sabe  a las piadosas de la virgen de Carmen, cuando la agonía se alarga, basta con ponerla con los pies descalzos en el suelo y esa misma noche dejan de sufrir.

Mandaron llamar al cura que vino con los santos óleos. Confesó y recibió la extremaunción.  La rezadora oficiaba los rezos.

Ya no se dejaba entrar a los niños en el cuarto, porque es bien sabido que ir a la casa del difunto puede convidar a la muerte.

Entró el dueño de la casa para despedirse de ella. Se arrodilló y pegó la boca a la oreja de su mujer. Pidió mil perdones mientras le acariciaba el pelo, la llamó golosa por poner un dedal de azúcar en la cabecera de la cama, mojó el dedo en el dedal y se lo chupó. Aprovechó la humedad para apagar una vela que ya tocaba a su fin y salió del cuarto diciendo, para que todo el mundo lo oyera.

      Ojalá fuera yo el que estuviera en su lugar. Y salió del cuarto.

La sobrina se quiso despedir y acercándose a la moribunda le susurro al oído.

      Mañana seré yo el ama de todo, muere en paz.

Súbitamente la agónica mujer abrió los ojos, le acababa de pasar por la cabeza una de sus visiones de futuro.

      ¡Qué más quisieras puta¡.

En ese preciso instante entraron en la habitación muchas mujeres mesándose el pelo.

      Levanta, el señor ha oído sus suplicas y se lo ha llevado a él. Levanta que

no era tu hora. Tenemos que amortajarlo

La mujer se levantó de la cama y abrió el armario para sacar la caja de su marido.

    11/01/2022



Comentarios

  1. ¡Muy bueno, Ana! Aunque, cuando el marido se chupa el dedo...se ve venir el final. Muy listas la protagonista y tú.

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  2. Muy, muy bueno. Me sorprendes cada día más.

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  3. Un bonito cuento para una noche de invierno, con su moraleja y su mortaja.

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  4. Muchas gracias Salva, se agradece el comentario

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