ERROR DE CÁLCULO RELATO ENCADENADO

ERROR DE CÁLCULO

Ana

La propia de los buenos espantapájaros, esa era su planta: indolente, ladeado, con la ropa hecha harapos. Así era como a él le gustaba hacer sus apariciones en su lujosa mansión.

Se lo podía permitir todo y a todos les hacían gracia sus excentricidades, pero no nos engañemos, dormía entre sabanas de seda y no se llevaba a la boca nada que costara menos de tres ceros por botella.

No calculó los riesgos. Cuando desapareció del panorama, después de la gran pandemia, un simple brik de vino le ayudó a seguir siendo él, pero a nadie le conmovía ya su ingenio.

Salva

Así que durante varios meses vivió en la pobreza e intentó repetidamente reunir a sus antaño amigos. Pero al advertir que no tenía un céntimo, que nadie limpiaba ya su mansión, cada vez más destartalada, que no se cambiaba de camisa en semanas ni de chaqueta en meses, que en vez de coche con chófer ahora andaba por ahí en una bicicleta oxidada, dejaron de reírle las gracias y pronto le fueron dejando solo.

Bueno, no todos le abandonaron. Siguieron a su lado la vieja guardesa, huraña como ella sola, que desde antes de nacer él estaba en la casa; la Viuda de Pompidú que vivía enfrente (así la llamaba él porque estuvo casada con un francés que se fue a comprar tabaco), mujer ligeramente excéntrica, por no decir atrabiliaria; y las tres urracas que tenían sus habitaderos en el torreón desde siempre. Suponiendo que fueran las mismas, claro, porque entre pajarraco y pajarraco no es fácil hacer distinciones. Pero del torreón y de las aves que habitaban su tejado ya hablaremos en otro momento. Ahora estamos todavía perfilando al personaje y su entorno. 

Ana

La señora Pompidú era de la calidad del tordo, la cara pequeña y el culo gordo, pero, por lo visto, su corazón era también de buen tamaño porque se apiadó el nuevo pobre y se propuso ayudarle en esta  etapa tan distinta de su, otrora, opulenta existencia.

Doña Pompi, con gracia innata,  atraía a las palomas a su balcón, con mano experta asestaba un certero golpe en el cogote y  después de desplumarlas, preparaba unos nutritivos caldos con los que calentaba el estomago del nuevo indigente y el suyo propio.

Salva

Pero, de alguna manera, se extendió entre las palomas la noticia de que Ca la Pompi era un lugar fatídico a evitar. Probablemente lo gorjeó o arrulló alguna paloma que había sido testigo de la caza de algunas congéneres. Esto debió suceder en la plaza Nosferatu, donde se congregaban las plumaces para ser alimentadas por quienes ellas denominaban "imbéciles nutricios".  Con ello sobrevino una drástica disminución de la sustancia alimenticia en el magro puchero del que comían la Viuda de Pompidú y nuestro todavía innominado protagonista.  En esas, estando la Viuda en su balcón, vio pasar -no sin emoción- a cuatro orondos perros salchicha que sacaban a pasear a una joven anciana -asimismo razonablemente rellenita- que, inocentemente, se consideraba como la dueña de los chuchos.  


Salve: 

Un rato después, los cuatro perros salchicha fueron encontrados vagando por La Marraná, que así se llamaba el mercado mayorista de carne de cerdo, y lanzados sin más protocolo a la máquina de picar carne de Viuda de Marrullero y Cía., acreditada empresa del sector cárnico que servía a todo tipo de restaurantes, con tal de que fueran restaurantes del Celeste Imperio y sus encargados no considerasen, entre las posibles amenazas a su negocio, la eventualidad de una inspección de Sanidad. 

Pasaron tres días sin que la joven anciana retornase a su casa. Entonces, su vecina Mirandolilla, moviendo con garbo sus diez arrobas hasta la comisaría más próxima, espetó directamente al primer policía que encontró: "Mi vecina, la Nico, ha desaparecido. Y a sus perros ni se les oye. Para mí que se la están comiendo y no ladrarán hasta que se la terminen y tengan hambre".


Salvo:

No tardó una patrulla en visitar la casa de Nico, la joven anciana. Fisgaron por los cristales sin éxito (limpia, lo que se dice limpia, no era).  Aplicaron un cacharro a la puerta para escuchar (parecido a eso que llevan los médicos colgando del cuello y que nadie sabe para qué sirve) y no captaron nada, ni joven anciana, ni perros, ni canario...  Tendremos que pedir una orden judicial para entrar, le dijeron a Mirandolilla, que llegaba en ese momento.  Pero Mirandolilla, que había visto muchas películas, contestó que esta era una cuestión de vida o muerte, y se lanzó como locomotora desbocada contra la puerta, que abrió con tremendo golpe.  ¡Pues no huele a fiambre! anunció el policía más viejo, husmeando cual sabueso.  ¡Más bien a cebollas! observó sagazmente el policía más joven, señalando las ristras de cebollas que colgaban de las lámparas. Registraron la casa. No había personas ni perros. Al salir advirtieron que Mirandolilla estaba en el suelo, en la entrada, donde había caído fulminada de un paro cardíaco al derribar la puerta. ¡Tenía razón: era cuestión de vida o muerte! pensaron a dúo ambos policías, sobrecogidos por el espanto (al más joven, además, le picaba un huevo). 

Salvi:

Es cierto que registraron la casa de Nico, pero no la cochera que había al fondo del jardín, toda cubierta de hiedra. Allí yacían, en una cama redonda, la Viuda de Pompidú, Nico (la joven anciana) y el tipo con el que comenzó este relato, que ya va siendo hora de que reciba su nombre o, al menos, algún nombre. Pongámosle el que utilizaba los jueves, porque era jueves: Gil Perejil.  No crean ustedes que estaban practicando una orgía. Dormían la mona, directamente relacionada con una botella de anís del Mono que habían desecado entre los tres.  

A Mirandolilla le hicieron la autopsia. El primer resultado: que debería haberse muerto hacía diez o doce años, por sus males incontables. El segundo: que no podía ser Mirandolilla su verdadero nombre porque, pese a su apariencia femenina, se trataba de un varón, muy afeitado, embadurnado de colorines, embutido en un vestido directamente inspirado en Salomé (Vivo cantando) y que caminaba sobre unos tacones vertiginosos. ¡Chorizaco Pérez!, exclamaron a duo los dos policías cuando el ayudante del forense les mostró a Mirandolilla sin peluca. Efectivamente era él: el ladrón que se hizo famoso porque robó la cartera a varios policías de la comisaría a la que fue a renovar el carnet de identidad y al que habían perdido la pista tras desaparecer cierta tiara de oro que apareció en una excavación arqueológica y que desapareció cuando fue expuesta en el museo de la Fundación Quejeta.

Felices por haber encontrado a Chorizaco Pérez y con la preocupación de darle cristiana sepultura, se olvidaron de Nico (la joven anciana) y nada supieron de la Viuda de Pompidú ni de Gil Perejil.

Ana:

El policía más joven era un enamorado de las palabras. lejos habían quedado los tiempos en los que las fuerzas del orden no tenían ni puñetera idea de nada. Al chico le iba y le venía la curiosidad por el nombre de Mirandolilla y tirando del hilo llegó a la conclusión que la etimología de aquel nombre se debía a Pirindola, de ahí poco a poco y con los años fue mermando y cambiando.

Pensó el joven en lo ingrato del destino de las personas. De Chorizaco Pérez a Pirindola y de ahí a Mirandolilla. Quizá se lo mereció por voyeur.

A todo esto, Gil Perejil llevaba fatal la pobreza. Él  no había nacido para eso.

La prensa se hizo eco de la muerte del chorizaco travestido y la Nico, en un momento de lucidez, reconoció a su “vecina,o,e”. Dolerle le dolió, pero para ella la prioridad era encontrar a sus cuatro salchichas.

Convenció a sus compañeros de curda de que merecía la pena buscar y montar un “criadero puticlub” de canes de raza y alto standing. Qué las cosas en lengua extranjera triunfaban más.

Solvo:

Resuelta la desaparición de la Nico (no estaba muerta, estuvo de parranda) sin siquiera haberse abierto la investigación, el joven policía enamorado de las palabras se presentó en casa de la Pompidú -extraoficialmente- e intentó averiguar qué estaba pasando. Gil Perejil resumió magistralmente:

    "a) Estamos en la ruina. 

    b) Han desaparecido los perritos de la señá Nico.  Y quisiéramos encontrarlos.

    c)  Para escapar de la pobreza tenemos dos proyectos:

               Uno.- Establecer un criadero de perros que, asimismo, ofrezca un alivio sexual para criaturas solitarias con tal de que hayan sido paridos por una perra (con perdón) y cuyos amos estén dispuestos a gastar unas perrillas para que sus perrunos acompañantes echen una pata al aire. Los amplios jardines de la mansión de Gil Perejil servirán para este negocio, pero nos faltan unos cuantos perros de razas cotizadas.

                   Dos.- Ahora que sabemos que Mirandolilla era el presunto ladrón de la tiara de oro (es, nada más y nada menos, la que llevaba Nefertiti en su boda) hemos pensado que podríamos buscarla. La Fundación Quejeta ofrece una recompensa de 500.000 euros, lo que significa que vale mucho más. La señá Nico era la única amiga de Mirandolilla y nos pondrá sobre la pista.

    d) Para buscar a los perritos y para buscar la tiara nos vendría bien un aguerrido y sagaz policía tal como usted, joven... disculpe pero no recuerdo su nombre". 

     El joven policía se irguió y, atusándose los bigotes, dijo: "Heme aquí, dispuesto a resolver estos enigmas, siempre y cuando me den participación en el negocio de los perritos y en la recompensa de la tiara. Y, por cierto, me llamo Hércules, ejem... Hércules Peiró".


Ani  

   Como ya hemos mencionado, el joven policía, era un enamorado de las palabras. Realmente no se llamaba Hércules, pero había jugado  y el anagrama de "reluches", que es luchar porfiadamente con algo o alguien, le dio ese nombre nada desdeñable;  el apellido lo eligió por su parecido con un conocido detective de ficción.

   Como estaba decidido a resolver el caso y, de paso cañazo, apañarse un buen futuro, se puso manos a la obra.

  Lógicamente no hallaron rastro de los cuatro chuchillos, perdieron las huellas en las inmediaciones del mercado  La Marraná.  Hércules, que no tenía un pelo de tonto, dedujo todo lo demás. Esto solo supuso un disgusto para la dueña de los canes. El proyecto seguía en pie, la protectora estaba llena de perretes abandonados y Peiró, con su placa de poli, rescató a un sinfín de hembras de raza que aún no habían sido esterilizadas. El plan de bar de lucecitas canino iba viento en pompi, perdón, en pompa.

El nombre del establecimiento estaba decidido el  “C´AN CELO PALAS”.


¡Sssss! Alva:

    Constituyeron la sociedad de manera algo informal: con una merendola bien regada con algunas botellas de la menguante bodega de Gil Perejil. Ya de madrugada interrumpieron la séptima interpretación de "El vino que vende Asunción" al escuchar tremendos golpes en la puerta. Salieron todos a abrir, apoyándose unos en otros, y en un instante se les quitó la borrachera:  Envuelta en una sábana de pies a cabeza, ante ellos estaba Mirandolilla. O más bien Chorizaco Pérez, porque sin la peluca, sin el vestido, sin los zapatos de tacón y con la densa sombra de una barba sin afeitar desde hacía una semana, justo desde el día en que se murió, estaba lejos de parecer Mirandolilla. Tenía ciertamente muy mal aspecto y peor humor.  

    https://youtu.be/VN-gqHkys6E  "El vino que vende Asunción"

 

 A ver si seguimos



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