AGENDAS OCULTAS
El destino tiene agendas ocultas que se van desvelando con el paso del tiempo.
A mí, después de darme cuenta de lo poco que puedo hacer para manejar mi propia vida, sólo me cabe esperar y soñar con mi tierra.
Cuando pienso en mi regreso me veo a mi mismo tumbándome en la arena, cerrando los ojos, y escuchando el sonido de las olas.
No es verdad que el mar suene igual en todos los sitios, en mi playa el mar baila con una cadencia fácil y dulce. Yo, aquí, en ocasiones, muevo mi cuerpo con ese ritmo suave, los brazos suben y bajan dócilmente, ladeo la cabeza y recuerdo ese lugar para que no se me olviden sus trazos, sus dunas doradas y el azul intenso del cielo.
Tampoco es verdad que el mar huela siempre igual. Mi mar huele a sal, a infancia, a desafío. Es el mar en el que navegaron los héroes, las leyendas, la sabiduría. Es un mar bíblico.
Este otro, que está detrás de las alambradas del muro, es un mar blanco, sin alma y me hace recordar las palabras “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero, si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee”.
¿En esto me voy convirtiendo?, ¿en sal sin sustancia? Sólo me sostiene el recuerdo.
La vida sencilla de un pueblo sencillo y el daño causado sin intención. Una casualidad desafortunada y una reacción fuera de toda lógica nos alejó de lo único a lo que aspirábamos.
Vienen con los cubos de hielo, derraman el contenido en mi pecho, de golpe, mientras duermo, a penas cada media hora. Al principio el dolor era infinito, los de mi tierra no estamos hechos para el frío.
Yo no digo nada porque no tengo nada que decir. Al menos ahora sé lo que quieren, pero tardé mucho en darme cuenta.
Ahora reconozco el dolor y me salgo de mi mismo mientras hacen lo que quieren con mi cuerpo. Entonces regreso a mi casa, veo las palmeras cimbreándose con la brisa, saboreo dulces dátiles, la higuera rebosa de frutos y mi madre me sonríe.
Hay niños alrededor, tienen que ser mis sobrinos. Es posible que vuelva un día y pueda ver a mis propios hijos refugiándose en las faldas de mi madre.
Mi madre… esa es la razón para que no me hunda. Ella ni siquiera sabría decir dónde están estas tierras. Nunca oyó hablar de ellas. Esto no es Francia o Alemania, donde con mucho esfuerzo me enviaron para, finalmente, verme camino de un continente en el que nunca pensé y contra el que nunca actué, aunque mi piel y mi nombre sean, para muchos, certeza de locura o violencia.
Después de que cayeran las torres se desvaneció la inocencia de mi pueblo.
Estamos metidos en ataúdes verticales de cemento gris, sin techo,.. En la celda de al lado hay un muchacho de un pueblo cercano al mío.
Anoche se oyeron lamentos, algunos hombres lloraban después de que un fuerte olor a brea inundara el aire. Dice que el olor lo trajo su padre, que era calafate. Vino a despedirse de él y a decirle que mi madre y la suya aún nos esperan.
Estoy gozoso, aunque no hay espacio, abro los brazos todo lo que puedo, apoyo mi cabeza en el hombro y giro imitando con mi cuerpo la cadencia de las olas.
Hay que aguantar.

¡Es tan terriblemente bello! Ana, ayer me impactó, pero se me escapó algún matiz que hoy voy paladeando y guardando.
ResponderEliminarSupe que era tuyo, no podría ser de otra persona.
Tienes razón, hubo mucho nivel en la Tertulia de ayer, mucho, ¡¡¡¡¡muchísimo!!!!!!!
Gracias Aurora y gracias también a Salva por la foto.
ResponderEliminarMaravilloso, poético y terrible.
ResponderEliminarMuchas gracias.
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