DOMINGO EL MANDINGA
A la edad de diez años su abuela materna le comunicó, con el semblante muy serio que él era un mandinga, mandinga de pura cepa. Su padre lo había sido y él lo era también.
Desde ese momento la curiosidad por saber de su raza se adueñó de él, toda la información que caía en sus manos, referente a su pueblo, la devoraba con fruición.
A pesar de que las características físicas no casaban con su aspecto, él tenía la piel blanca, más bien rosada, la nariz aguileña, el pelo tieso como un erizo y, a pesar de su corta edad, ya se adivinaba que su cuerpo no era atlético. Los ojos eran como dos puñaladas en un tomate, dos rayitas rasgadas que le daban un aire oriental y parecían sonreír siempre o estar maquinando alguna venganza.
Hubo una larga temporada en su vida en la que decidió favorecer su escondida genética. Se pasaba el día tomando el sol, por ver si así ayudaba a su piel a recordar a sus ancestros, pero solo consiguió dos insolaciones y varios episodios de serias quemaduras en la piel.
En aquella etapa asumió que en lo físico se parecía a su madre y que, probablemente, se repetía una vieja leyenda mandinga. Él puede que fuera el niño debilucho que al crecer supliría la fuerza física con la inteligencia que, dicho sea de paso, tampoco parecía poseer.
Leyó que hoy en día, los mandinga, se dividen en dos grupos diferenciados: aquellos que continúan guerreando, eso no iba con él, y los habitantes de países en paz, que dedican lo largos que son los días a tumbarse bajo el árbol grande de su tribu y charlar mientras beben pequeños sorbos de té marroquí. Decidió ser de estos últimos.
Muy orgulloso estaba Domingo de su linaje, hasta el fatídico día en el que su profesor de música montó en cólera por lo disonante de las notas que Domingo arrancaba de su flauta. Con la cara enrojecida y ese gesto, característico en el profesor, de tener una porquería cerca de la nariz, se enfrentó con el chaval y le dijo……
–Eres un desastre, completamente arrítmico y a ti la flauta solo te sirve para rascarte la espalda o para calzarte los zapatos sin agacharte, porque, además, te diré que eres muy vago, vamos, un autentico mindango. A lo que Domingo, entre emocionado, disgustado, pero orgulloso por el reconocimiento y ante el estupor del profesor, respondió…
–Sí, señor, a mucha honra. Soy mandinga y no tiene derecho a hablar mal de mi pueblo. Y dando un portazo se largó de clase.
Cuando su abuela lo vio llegar, miró el reloj y, viendo que no eran horas, suspiró y volvió a repetirle, hijo mío, eres digno hijo de tu padre. Un mindungui hijo, o un mindundi, como se diga.
Fue el peor día en la vida de Domingo el mandinga mindundi.


Ja,ja,ja, ja. Me parto de risa. Me parece un relato de lo más ocurrente y gracioso. Me he divertido mucho leyéndolo
ResponderEliminarYo, tambien, jaja. Si es que cada uno entiende lo que quiere.
ResponderEliminarCómo diría Pepe, una tontá, pero de vez en cuando apetece.
ResponderEliminarGracias