Un sujeto muy responsable

 

Siempre he sido una persona muy responsable ¡Quién me hubiera dicho que este rasgo de mi personalidad iba a ser mi perdición!

Ya en la adolescencia, cuando mis padres me dejaban a cargo de mis hermanitos, mi sentido de la responsabilidad lograba que a su regreso la casa estuviera impoluta y todo en perfecto orden. Que para conseguirlo me viera obligado a atar a los pequeños hasta unos minutos antes de su regreso, era, al fin y al cabo, un daño colateral, que eso sí, me granjeó el odio de mis hermanos de por vida.

Me precio de llevar la responsabilidad como estandarte y, cuando ha sido necesario, la he puesto por delante de cualquier otra consideración o circunstancia. Por eso, cuando ayer mi mujer me dijo que no saliera a trabajar, con este ataque de gota, le respondí que me había comprometido con mi cliente a terminar la tarea ese mismo día y no podía echarme atrás.

Por eso, salí a la calle a horas intempestivas, mientras caían chuzos de punta y no me arredré ni con los primeros truenos ni con los cegadores relámpagos ¡Tenía que concluir mi trabajo, sí o sí!

Conseguí aparcar el coche a dos manzanas de la casa donde debía encontrarme con la persona que se me había indicado. Entre el suelo resbaladizo y mi grotesca forma de andar por el dolor, pegué un resbalón que dio conmigo en un charco embarrado ¿Desistí de mi empeño? Nunca. Mi sentido de la responsabilidad no me dejaba siquiera planteármelo. Eso sin contar con el seguro enfado de mi cliente y la merma en mi reputación.

Al llegar a dicho domicilio, chalet de una urbanización, vi, con disgusto, que en lugar del ambiente tranquilo que esperaba, la casa estaba iluminada por doquier, porche y jardín incluidos ya que, evidentemente, se estaba celebrando una fiesta ¿Decidí, en ese momento dejarlo para otro día? De eso nada; me había responsabilizado y el trabajo quedaba cerrado esa noche o yo no me llamaba Tiburcio.

Mi mente cambió los planes a toda velocidad; toqué el timbre de la cancela (repetidas veces, pues con el jaleo reinante no se apercibieron a la primera), pregunté por el dueño de la casa al que me condujeron entre risas etílicas y bromas deplorables.

Resultó ser un hombre muy agradable que, para librarnos del jaleo exterior, me condujo a su despacho. “Perdone si no me he enterado del motivo de su visita; estas fiestas, ya se sabe; pero usted debe ser de la empresa de seguridad. Me dijo mi esposa que les había llamado para renovar la alarma”

Le expliqué que no era el caso, sino que venía de parte de su “amigo” Benavides. Apenas tuvo tiempo que ponerse lívido antes de que yo le descerrajara un limpio tiro en la cabeza. Uno solo, un profesional nunca se ensaña.

A pesar del silenciador, yo, cojo, rodeado de personas, a plena luz, estaba sentenciado, y lo sabía, no lo dude, señor juez ¡Este maldito sentido de la responsabilidad…!

 







 

Comentarios

  1. ¡Por fin una reivindicación de las buenas costumbres!

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  2. Nada comparable a los valores tradicionales ¡Ya se sabe!

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  3. Muy bueno Mercedes! Es que el que es responsable, muere responsable.

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