UN MAL DÍA

 Hoy  no es un buen día.  Tengo los nervios de punta, he discutido con todo el mundo y sé que, si no me doy una vuelta, la cosa irá a peor.

Ya estoy llegando a la playa, me quito los zapatos y subo los  camales de los pantalones, el frio del agua hace que las sienes me latan con fuerza y el mal humor retroceda un poco.

Después de caminar me siento en un banco del paseo para que se sequen bien los pies y la arena caiga fácilmente.

Tengo unas ganas locas de hacer algo inapropiado, o al menos de pensar en hacerlo.

Leí, en una ocasión, que la protagonista de la historia se dedicaba a cambiar el tubo de las cajas de tinte, es decir, a un tinte para el pelo, marrón chocolate, le ponía el color amarillo pollito. Me apetece mucho hacer algo de ese estilo, sonrío, es una pollez hacer eso, solo puedes imaginar la cara de la víctima.

Ya estoy algo más tranquila. Quizá sea hora de volver.

Veo a un  hombre de rodillas en el suelo, pienso que hay gente con peor vida que yo y le lanzo una moneda de euro.  Me mira estupefacto y se incorpora de inmediato, mirando avergonzado a su alrededor. El hombre se repasa de pies a pecho y entonces me doy cuenta de que es un topógrafo preparando los trastos para hacer su trabajo. Soy completamente idiota, lo he confundido con un sin techo.

No tengo perdón, pero me perdono.

Algo más sosegada miro a un grupo de ancianos, están sentados a la altura de la confluencia de la Explanada de España, con la Rambla de Méndez Núñez. Las sillas son un suplicio, pero ahí están, con una mirada que parece atravesar todo lo que se interpone entre sus ojos y el infinito, imperturbables, inamovibles, fieles a la cita de todos los días, hacen fondo de armario. Son parte del paisaje.

Uno de los hombres sigue el ritmo de la música, de Manolo Escobar. Creo que lo que suena es  “QUÉ GUAPA ESTÁS”  solo mueve la mano que sujeta el móvil cantarín.  En su cara hay una expresión tan infantil que me conmueve. Intenta seguir la canción con sus labios, pero va más lento que el cantante y se le trastabilla la boca. Supongo que es su mujer la que está al lado, no se miran. El tiempo la ha tratado mejor que a él. Lleva el pelo de peluquería y la laca se ha posado como el rocío. Su cabeza se asemeja a una tela de araña, una trampa pegajosa y perfecta, con cada hebra en su sitio. Está impertérrita, ni siquiera una ráfaga de viento la intimidaría.

Mi mal café va cediendo. Camino mirando las ondas del pavimento  y por un segundo retrocedo a mi niñez. QUIEN PISA BLANCO PISA A FRANCO, QUIEN PISA AZUL PISA A JESÚS, QUIEN PISA ROJO PISA AL DEMONIO”. Intento seguir el juego y, aunque ahora me da igual pisar a Franco, de hecho es al único al que me apetece pisar, yo ya no estoy entrenada y si sigo haciendo el tonto me caeré.

Paso por delante de los puestos de los hippies, hay una cría robando pendientes. La tía tiene una sangre fría impresionante. Pienso en chivarme, pero luego sigo pensando en otras cosas y cuando me vengo a dar cuenta ya estoy lejos y no me apetece retroceder. No es mi responsabilidad. 

Toda esta mala uva me ha venido porque hay “gente” que no puede perdonar que no oiga bien. Me tratan como si yo fuera una sorda vocacional, me miran fijamente a los ojos y me gritan lo que yo no he entendido, me lo espetan como un insulto. Sólo me apetece hablar con Helen Keller.  

Entre los nervios por dejar de fumar y estos malos modos, me he desesperado.

Ya no sé si seguir matándome poco a poco o de golpe. Voy  a hacer una intentona.

 Me meto en el “MÁS Y MÁS” que me coge de camino, tienen unos quesos buenísimos, esta semana el Idiazábal de oveja a 16€ kg. Fantástico, cojo también  un medallón de paté de oca, una sepia fresquísima y un botecito de caviar (sucedáneo, claro), dos croissant  y una botella de leche entera. ¡Viva el colesterol!  y después me fumaré un cigarro; si me muero, SE ACABÓ. 

 

05/06/2021

Tema: La responsabilidad

Mauritius Cornelius Escher 


Comentarios

  1. Efectivamente, esa noche desperté con un agudo dolor en el pecho. Duró poco. Morí. El sufrimiento se diluyó. La percepción se retiró a cierta distancia, reduciéndose, como si se concentrase en algo pequeño (o eso me pareció). Entonces supe que la idea de aquella tarde era errónea. No se acabó. Empezaba.

    Cincuento.

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  2. Eso es, y mientras moría vi que todo el mundo moría también un poco a mi alrededor. Puñetera muerte.

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  3. Buenísimos! tanto el relato de Ana a la que pillé enseguida en la tertulia, como el cincuenta de Salva. Felicidades a los dos.


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