FRENOPÁTICO

No podía dejar de llorar. Al menos eso contaba él. Todas las noches la misma historia, las cosas no podían ir peor. Los miedos es lo que tienen, cada quien comprende el suyo. Algunos son más frecuentes: payasos, arañas, ascensores. Lo suyo era diferente, tenía miedo a dormir porque desde hacía cuatro meses todas las noches era perseguido por la cajetilla de tabaco, a la que también le habían salido piernas. Por mucho que corría no lograba despistarla. El pobre fósforo no sabía dónde esconderse y yo, que estoy aquí por ser un cenicero, soy el único que lo entiende.

OTRO CIENTO 



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