ESTAMBUL O EL TIEMPO PERDIDO

 

Persigo y exhalo hasta la última gota humeante que tizna de negro el papel de plata. El turco que me ha vendido el caballo me ha asegurado que la mierda era de primera calidad. En un principio dudaba si comprarle o no, ahora me alegro. Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar material tan puro en Estambul.

El sopor me asalta por sorpresa y me derrumba en la desordenada y estrecha cama. Hace días, muchos, que no cambio las sábanas. Si Mirella viera el caos en el que vivo, le daría un patatús. Estoy empezando a olvidar su rostro, no recuerdo siquiera el color de sus ojos.

Proust evocaba el tiempo perdido con el aroma de una magdalena. Yo lo hago con la más adictiva de todas las drogas, la heroína. Todos los pasos que he dado hasta ahora me han encaminado a esta sucia habitación. Aunque he de decir que la higiene, o la falta de ella, es el menor de mis problemas.

Noto frío en los muslos, creo que me he meado encima. Intento reírme, pero mis labios se niegan a reaccionar. A cambio, mis ojos lloran en silencio. No soy tan hipócrita de preguntarme cómo he llegado a esta situación. Lo sé de sobra, otra cosa es que tenga el valor de responderme.

Dos horas después, sigo sintiendo calor en mis venas, pero encuentro fuerzas para ducharme y salir a la calle. Ahmed quiere enseñarme el Cuerno de oro, le oculto que fue lo primero que visité cuando llegué a la ciudad. Es el único amigo que tengo aquí. No entiendo por qué sigue creyendo en mí. Hace años que nadie lo hace, no puedo culparles.

Cruzamos el puente de Gálata en su viejo Volvo, recuerdo que en ese barrio vivió Nâzım Hikmet antes de exiliarse. Ahmed me lo confirma, aprovecha para preguntarme si he avanzado en la tesis.

Le contesto que llevo días sin escribir, en verdad no le miento; aunque son semanas. También omito contarle que estoy sin portátil, lo vendí hace un mes. Nunca voy a doctorarme, ahora lo veo claro. Jamás acabaré la tesis que empecé a escribir sobre un poeta turco y comunista.

Lo único que anhelo es regresar a Sultanahmet, meterme un chute y tumbarme en mi cama. No se lo cuento a Ahmed, él piensa que estoy limpio, que mi mal aspecto es debido a un resfriado. Me mira con una sonrisa franca y alegre, un acceso de ternura me provoca el llanto por segunda vez ese día.

—¿Por qué lloras, amigo? ­—me pregunta preocupado.

—Es por la belleza del Bósforo —le miento.



 

 

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