Un arco iris por salva sea la parte
Aquella mañana, Mateo comenzó a afeitarse, procurando no ver la tristeza que emanaba de su rostro. La de costumbre. Con la cara llena de jabón escuchó el tremendo retumbar de una tormenta. Fue a su dormitorio y abrió la ventana. Sobre los tejados, nubes de lluvia se recortaban sobre un cielo muy claro. Llovía con fuerza. En el horizonte el sol se mezclaba con la lluvia. Se estaba formando un arco iris. Uno magnífico, cada vez más nítido. Entonces escuchó muy cerca el tremendo sonido del trueno. La electricidad del aire erizó todos los cabellos de Mateo. El instinto le hizo girarse, intentando apartarse de la ventana, pero un empujón brutal le lanzó contra la cama. Notó una quemazón e incorporándose de un salto corrió hacia el aseo quitándose la camiseta, que ardía. "¿Me ha caído un rayo?". No sentía dolor ni encontró daños, sólo los cabellos erizados. Volvió a la ventana. Ya no se veía el arco iris. La lluvia caía mansa, dulce.
Aquel día Mateo trabajó con un insólito vigor. Terminó sus tareas en poco tiempo. No cometió errores. Le sobró mucho tiempo y pudo terminar de leer el libro que guardaba en su mesa de trabajo. Al volver a casa, la anciana vecina del ático, sonriéndole y señalando su cara, le dijo: "Mateo. Hoy no te has afeitado. Has hecho bien. Esa barba oscura y brillante no debes afeitarla. Sin ella, perdóname, pareces un poco blando y atontado". Mateo quedó estupefacto. Siempre se afeitaba precisamente para ocultar una barba fea y cada vez más blanca, pero por la mañana, después del relámpago que casi le mata, se había quitado el jabón y marchó al trabajo sin afeitar y despreocupado.
Por la noche Mateo pensó, antes de dormir, en el extraño acontecimiento del rayo que casi le fulmina, en el estupendo día que había pasado, en la despreocupación y alegría de todas sus horas, en el bienestar y la fuerza que sentía. Abrió los ojos. Había cerrado del todo puertas y ventanas, bajado las persianas, apagado todas las luces. Sin embargo, advertía una pequeña luminosidad. Se levantó buscando el origen. Recorrió toda la habitación. Un escalofrío le cruzó la espalda al verse en el espejo. El resplandor parecía salir de sí mismo. Se diría que emanaba de su cuerpo. En el retrete, con un espejito, pudo ver claramente que emitía una luz por el ano, una luz multicolor. "Debo estar soñando", pensó. Decidió volver a dormir y así lo hizo de inmediato. Pero a la mañana siguiente lo recordaba todo y encontró el pequeño espejo sobre el lavabo. ¿Y si no hubiera sido un sueño? En cualquier caso se sentía muy bien, mejor que nunca.
Durante las semanas siguientes, Mateo consiguió un cambio de empleo a un trabajo más interesante y mejor pagado. Comenzó a hacer deporte, con buenos resultados. Reformó la casa, haciendo él mismo buena parte del trabajo. Cambió los muebles. Una mujer, muy de su agrado, comenzó a dar señales de interés por él. "Estoy en racha", pensó, "y todo gracias a la tormenta".
El día de la revisión médica los resultados fueron magníficos. Tuvieron que corregir algunos datos de su ficha. "Aquí había un error. Te pusieron dos centímetros menos de estatura". Mateo era el último paciente del día. El nuevo doctor resultó ser un hombre conversador, amable, que le inspiró mucha confianza. Mateo le contó que el día de la tormenta se le metió un arco iris por el culo, que desde entonces se sentía mejor que nunca y había mejorado en muchos aspectos, y pidió al doctor que lo comprobase. El médico, cuyo rostro había adoptado un aspecto serio y atento mientras le escuchaba sin decir palabra, le sometió a una lenta, completa y cuidadosa exploración. Al terminar le pidió que le escuchase. Explicó a Mateo que los traumas eléctricos causan a veces trastornos de percepción y que el suyo era uno de estos casos, pero no debía preocuparse. Su cuerpo estaba bien y las anomalías mentales remitirían o desaparecerían en cualquier momento. Mateo se despidió, tranquilo pero algo triste.
Tan pronto quedó a solas, el médico cerró la puerta con llave, sacó el arco iris del armario en que lo había escondido y, sin dilación, se lo metió por el culo. Respiró profundamente. Una ancha y espléndida sonrisa surcaba su rostro cuando salió de la consulta con paso firme y decidido.


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