LOS VIENTOS DEL MAR
La figura de la Griega se recortaba en lo alto de la sierra. Era pequeña y enjuta, sin embargo su apariencia era majestuosa, llenaba el paisaje.
Aunque ya tenía una edad, su pelo seguía siendo como una llamarada de fuego y cuando el viento lo movía parecía una antorcha iluminando el macizo.
Se podría decir que era áspera como el esparto que recogía cada día, pero la naturaleza configura lo que ha de dar la tierra y en estas latitudes todo podía ser una cosa y la contraría.
El sol caía a plomo calcinando la marga, la genista hizo un leve movimiento, todavía no se podía saber en qué dirección iba a soplar el viento que llevaba muchos días parado. La Griega se puso recta escuchando unos segundos, luego recogió los haces de esparto, se los cargó a la espalda y tomó el camino de regreso.
Cuando llegó al pueblo ya la estaban esperando, sabían que traía noticias.
Ya vuelven los hombres, dijo. Vienen con el lebeche, en tres jornadas estarán aquí. El viento es favorable.
No vienen solos, hay que coger a la cabra rubia y lavarle bien las ubres, nos va a hacer falta su leche.
Cuando la Griega decía algo nadie lo cuestionaba, lo que ella decía iba a misa.
Los conocimientos de la mujer venían del céfiro, eran los vientos los que le contaban historias que siempre eran verdades.
A ella la llamaron “la Griega”, porque llegó con el viento de gregal siendo aún una criatura. La encontraron en la arena, envuelta en algas, encima de una pequeña balsa de cañas y sujeta con cuerdas de esparto. El gregal es bueno para los marinos, trae buena pesca, así que vieron buen augurio en la chiquilla del pelo de fuego.
Pronto empezó a soplar el ábrego, venia con tierra y promesas de agua, pero no hay que confundirlo con el siroco que trae barro y enloquece las mentes. También lo llaman xaloc y a nadie le gusta su presencia.
Tres jornadas después vieron un punto en el horizonte que al cabo de un rato se convirtió en el barco de los hombres del pueblo.
El patrón bajó a tierra con un bulto entre los brazos.
Esperaban las mujeres con un cuenco de leche de la cabra rubia y una esponja marina para llenar con cuidado la boca de la pequeña.
El patrón le dijo a la griega que la nena apareció debajo de un fardo, cuando ya estaban en alta mar, que al ver el pelo como una candela de esparto, tieso e hirsuto, el hombre pensó que era igual que la Griega y que debía traerla a la aldea. Luego la pequeña abrió los ojos y vieron que eran dos esmeraldas.
Tres días llevaban, a falta de leche, alimentando a la chiquilla con sopas de ajos, no disponían de otra cosa.
La Griega sonreía asintiendo. Bien hecho, bien hecho.
Libia llamaron a la cría, para algo había venido con el lebeche.
Libia aprendió de la Griega a hablar con el viento, a trabajar el esparto, a tratar con las abejas. El de poniente le trajo semillas que podían germinar en aquellas tierras calcinadas. El, cien veces, bendito levante la enseñó a buscar el agua que las venas del monte almacenaban en el corazón de la sierra. El lebeche le contó como su madre, asustada por el color de su pelo, prefirió dejarla en aquel barco a que se la mataran por haber nacido bruja. Que los hombres siempre deciden sobre la vida de las mujeres, pero en tierras del moro, también deciden su muerte.
Todo lo aprendió de la Griega y del viento y un día, sin hablarse, las dos se pusieron a tejer una mortaja de esparto. Una vez terminada, la chica se embarcó con los hombres el día que soplaba el bóreas. Iba a despedirse de su madre.
La Griega le preguntó: ¿Qué le dirás cuando llegues? A lo que Libia le respondió: lo único que se le puede decir a quien no sabe escuchar a los vientos. Madre, he vuelto.


Este es alucinante.
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