LA ARENA DORADA
La tarde caía rápidamente, las sombras se fueron adueñando de los rincones de la habitación.
Luchaba por mantener la cabeza, pero el sueño le fue venciendo. Imaginar la felicidad y ver que siempre se aleja, da mucha tristeza.
Esta vez sería diferente. Aunque el péndulo dijo que era niña, ella mintió.
El lobo disfrazado de cordero la dejó en paz. Al menos durante los próximos seis meses no la forzaría.
El teléfono sonó en algún momento, pero dormía tan profundamente que incorporo el sonido al sueño.
El caballo, con el tintineo de sus cascabeles, apareció detrás de la duna. Era imponente, blanco, con los ojos más oscuros que la noche. Algo de miedo sintió al verlo. Levantó la mano para coger las riendas y entonces apareció el jinete.
- Si lo tocas te matará y si lo montas te llevará al reino de los muertos.
La mujer se sentó en la arena, inmediatamente vio cómo se teñía de sangre. El caballo bajo el hocico y resolló.
Movía la cabeza con furia, no se decidía entre patear a la mujer o enterrar la sangre con las patas.
Luzbel vestía de negro, sus ojos brillaban como brasas.
- Me tienes que dar al hijo. Su padre se comprometió.
- No sé quién te dice a ti que ese es su padre, ni sé que vaya a ser un varón. Ni siquiera sé que vaya a nacer. Pero dile a tu caballo que tenga cuidado donde pisa. Si pisa la sangre de mi hija y le noto dolor, le rompo las patas al caballo.
- ¿Tú sabes a quien estás desafiando? ¿Sabes acaso quién soy? ¿No sientes miedo?
- Claro que tengo miedo, tengo miedo a perder la sangre de mi hija.
Y mientras hablaba iba recogiendo la arena manchada y poniéndosela en el regazo.
El caballo se alejó, sin perder de vista a la mujer, pero había respeto en su mirada.
- Oye, no eres tan valiente con el lobo vestido de cordero, has permitido muchas veces que acabara con tus hijas nonatas. Yo soy el dueño del desierto y el hizo un pacto conmigo.
- Cóbrale a él. Desde el momento que he pisado la arena he sabido que ya no me doblega nadie, ni siquiera tú. Ni siquiera él.
Tras la otra montaña se levantó una nube de arena, relinchó el caballo del arcángel Miguel.
- Si intentas quitarle la hija, tendré que pisarte. No quiero pisarte también aquí en el desierto, esta es tu casa, nada me gusta más que hablar contigo en tu casa, pero si lo intentas te pisaré.
Detrás venia Rafael, que tocó el vientre de la mujer. Inmediatamente la arena quedó dorada, la mujer estiró el cuerpo y el vientre se puso redondo y lleno de vida.
Rafael le preguntó cómo se sentía y si sentía.
- Al principio sentí algo, una o dos veces algo sentí, pero el lobo dijo que parecía una puta gimiendo y ya no tuve ganas de buscar el placer. Muchas veces más me reprochaba que estaba muerta por ahí abajo, pero no estoy muerta porque tengo dedos y con los dedos puedo sentir goce.
Rafael sonrió y le dijo que no se refería a eso, pero que también. Que se alegraba mucho, que sentir era bueno y que eso fue una cosa que le arrebataron a María. No es vergonzoso deleitarse.
De pronto unos dedos comenzaron a tamborilear en los cristales. Abrió los ojos y se dio cuenta de que llovía, las gruesas gotas caían lateralmente. La noche ya era cerrada.
Oyó el reloj de péndulo, no sabía qué hora era, contó las campanadas. Trece, ¿trece? Eso era imposible, no podía sonar trece veces, eso era preludio de muerte.
Se levantó y vio que no manchaba, la niña era fuerte, todo estaba lleno de arena dorada.
Y entonces deseó que el pago de la deuda fuese él, se sintió bien pensando que desaparecería.
Se sintió feliz. Y luego se sintió feliz por sentirse así.
24/ 05/2024
La otra montaña
https://youtu.be/N9eYNwnxmCk?feature=shared El Consorcio: Tarde de otoño en Platerías


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