LA MEMORIA DE LA LUZ
La luz de las horas tiene memoria. Las seis de la tarde de un mes de agosto me conduce a la fachada de levante. Las mujeres han salido con los sillones de mimbre a bordar los embozos de las sábanas, con bodoques y festones.
No me dejan acercarme a los blancos lienzos, las telas tienen cuerpo y casi se mantienen en pie, huelen a limpio y a nuevo, los olores también tienen memoria, cómo el del agua limón que a esas horas sorben con una pajita.
María, (La de Navarro), se sienta al lado de mi madre, es una mujer áspera. Yo no le gusto, pero es que a ella no le gusta casi nadie, solo sus hijos y mi madre, cosa que entiendo perfectamente porque mi madre siempre provoca ese sentimiento en todo el mundo, sobre todo en mí. En ocasiones la respiro y me gustaría que me entrara toda su esencia por mi nariz.
María, (La de Navarro), tiene buenas manos, todas dicen eso de ella, borda bien, hace polos de leche mejor que los de heladería, pero sobre todo, sus manos colocan los huesos, bajan inflamaciones, quitan verrugas y mejoran el lumbago. También, en jueves Santo, le pasaron las oraciones para quitar el mal de ojo, la insolación y el empacho, con una cuerda y un vaso de agua.
María, (La de Navarro), está hablando de su marido mientras cose. Ella se llama así porque a él todo el mundo le llama Navarro y, creo yo que así, se distingue de otras Marías.
Está contando que su marido se pasa la vida paseando por la casa, dice que ella al principio no le decía nada, no le hablaba, dice que ni siquiera quería mirarlo.
Mi madre está pendiente de mí, me dice que me vaya, que están hablando los mayores y que a mí no me interesa, pero se equivoca, me interesa muchísimo lo que cuenta, así que entro en la casa y me acurruco detrás de la ventana. La mosquitera verde me ha protegido la sombra y nadie puede imaginar que me escondo ahí.
Oigo como susurra María, (La de Navarro). Dice que, harta ya de tanta tontuna, la otra noche le habló claro, le dijo que ese no era ya su lugar que todo aquello tenía que acabarse. El resto de mujeres exclaman, ¡Ohh¡, ! Ahhj¡ ¡Uyyy¡, y cosas por el estilo y oigo a mi madre, ……!.Ay María! me estás dando miedo, déjalo ya.
– ¿Miedo? ¿Miedo de qué? Es mi marido, ¿Le tendré que hablar claramente? La otra noche se me metió en la cama, daba vueltas para un lado y para el otro, pero no quería provocarme para no oír lo que no le interesa. Así que he quitado la cama de matrimonio y al ir a acostarse se ha disgustado muchísimo. Yo ya no he podido más y le he hablado claramente. Navarro, estás muerto, no es aquí donde debes estar.
– Y me dice………. ¿Muerto yo?
Las mujeres sueltan gritos ahogados mientras María (La de Navarro) continúa con su historia.
–Sí, muerto, no te lo quería decir con tanta crudeza, pero hace ya más de un año que moriste y no es bueno ni para ti ni para mí que sigas rondando por la casa.
Al volverme veo a Navarro delante de mí. Se da cuenta de que le veo.
– Yo me voy, dile a María que ya lo he comprendido, que la esperaré hasta que ella venga y podamos tener un feliz reencuentro.
Es agosto, son las seis, voy de camino a comprar limón helado y al pasar por la fachada de levante la luz de las horas me llena la memoria.

Todo el cuento es estupendo, pero la última frase... ¡ah!
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