LA MIRADA Y OTROS SENTIDOS
Apenas había cumplido treinta y dos años y puedo decir que la suerte se había aliado conmigo. Por motivos de trabajo viajaba a menudo. Fue en uno de esos congresos donde conocí el gozo infinito y la frustración de la pérdida.
Cuando la vi quedé hipnotizado, aquella mujer sabía muy bien lo que despertaba en los hombres. Si ella se movía, su pelo rojo envolvía el aire, era un manantial de feromonas rociando el espacio. Todos miraban el vaivén de sus caderas y el trote de sus pechos firmes y naturales.
Sólo puedo decir que me rozó y quedé electrizado, pero noté por su reacción que ella también había sentido un chispazo.
Fue una suerte que se cancelaran los vuelos de regreso, la vida se me brindó en bandeja, pase dos noches y tres días de un placer desconocido hasta entonces para mí, en una habitación inundada de luz.
Ella tenía alrededor de cuarenta y cinco años, nunca he vuelto a disfrutar de aquel modo. Me propuso un juego. Debíamos estar semidesnudos y no premeditar ni forzar los encuentros. Ninguno de los dos sabía en qué momento el otro iniciaría las caricias, era tentar a todos los sentidos a la vez. Olfato, vista, oído, tacto, gusto e incluso el equilibrio, todo estaba implicado en el más absoluto placer.
Sus muslos apretados culminaban en una pequeña llama de fuego formando una “i griega” coronada por suaves hebras de cobre. La primera vez que quise tocar me rechazó con firmeza diciéndome que “eso” nunca había que tocarlo hasta que me reclamara. En efecto, sólo había que estar atento a las señales, supe cuando estaba dispuesto. Mi deleite se asoció al suyo, mi ritmo se acompasó con el de ella.
Sonó el teléfono, de pronto sentí su boca haciéndome crecer, no podía cortar la comunicación y a ella le excitaba verme retorcerme de placer controlando mi voz y mi entendimiento. Me volvió loco.
Yo me arrodillaba frente a ella y acariciaba sus contornos respirando cerca de su sexo, calentando el aire con mi aliento y sobre todo mirando y oliendo cada milímetro de su piel, recorriendo sus nalgas y su espalda.
Nos gustaba jugar con la mirada, ver la llovizna antes de la lluvia, mirar como sus pezones se oscurecían e iban cogiendo relieve, así mismo, la piel de su vientre se levantaba cómo papilas y los diminutos botones erizaban el leve vello. Sus dedos penetraban en mi boca y ella a la vez succionaba los míos hasta hacerme perder la razón.
Un murmullo que se me antojaba antiguo, un eco sensorial, me llenaba de dicha cuando jugaba con su lengua en los recovecos de mi oreja.
Su fragancia me incitaba a lamer cada milímetro de su cálida intimidad. Penetrar en su interior me convulsionaba al notar los latidos que contraían su sexo contra el mío. No hubo parte de nosotros que quedara inexplorada ni gemido que no fuera por el ansia de perdurar.
Llevo cinco años soñando con ella.
2019


Salva, a este blog puede entrar cualquiera? O sigue siendo privado?
ResponderEliminarEra privado hasta hace cinco minutos. Lo he abierto al público para facilitar que accedan los contertulios o quien quiera.
EliminarPara que alguien escriba le hemos de invitar y creo que necesita un correo de Google.
EliminarHas invitado a alguien? No creo que entre nadie más, siempre hemos sido pocos, por mi está bien.
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