EL FARO DE L´JUMENT

 

Aquel fue un año de borrascas, se sucedían una tras otra. Los meses de Febrero y Marzo no dieron respiro a la navegación ni a los pueblos de la costa de la Bretaña francesa. Los habitantes no recordaban un inverno parecido  a no ser que se remontarán a quince años atrás. Que fue, en realidad, cuando toda esta historia empezó a fraguarse.

Los fareros tenían turnos de dos semanas formando pareja, aquel faro estaba enclavado en una peña separada de las islas y sin otro acceso que el barco, pero aun así era peligroso, incluso en los días de buena mar.

Los torreros controlaban el paso de los barcos en aquella complicada zona del estrecho de Fromveur . que, a pesar de la época invernal, estaba muy concurrido.

 Recién empezado el turno oyeron pasos en la parte baja de la torre, ruido de cajones al abrir y cerrar e inmediatamente supieron que era el antiguo farero que no se resistía a abandonar la vigilancia de la atalaya, sobre todo en los meses de fuertes temporales. A ninguno de los dos le gustaba la presencia de aquel viejo y sobre todo el más joven se empezó a poner nervioso.

Soplaba el viento levantando olas que, casi, sobrepasaban los cuarenta y cinco metros de la fortaleza. Alguna, en ocasiones, saltaba por encima de la cúpula llenando los primas de cristal de agua salina y poniendo en peligro la cadencia de la luz vigía.

El jefe  se quedó al lado de la luminaria mientras el otro pensó en bajar la empinada escalera de caracol para meterse en su cuarto despavorido, pero la visión del viejo lo dejó petrificado.

La mar se volvió loca, las olas parecían abrazar al viejo faro, se podía decir que envolvían la redondez  del torreón con pasión, intentado cubrir, encerrar la estructura y  fue entonces cuando  los dos hombres fueron testigos de una historia peculiar que desde hacía años circulaba por las islas. Esas eran las fechas.

Quizá atraído por la luz o buscando refugio, el viento había empujado a un albatros contra los vidrios. El viejo torrero salió acercándose peligrosamente a la baranda a socorrer al ave, otras veces lo había hecho con algún cormorán, pero estos pájaros eran mucho más grandes. El ave tenía sangre en el pico y el viejo decidió meterla en el interior para intentar sanarla. El viento arreció y entre ráfaga de luz, espuma de mar y relámpago, vio al macho volando enloquecido buscando a su pareja. Durante tres días el ave, frenética, no abandonaba la cercanía del faro, exponiéndose en cada quiebro para eludir el golpe contra la fortaleza. Remontando altura con las alas mojadas y decidida a no abandonar a su compañera. El viejo, conmovido, a pesar de la prohibición de salir, en esas condiciones, tomó al pájaro en brazos y se apoyó en la barandilla para ayudarle a remontar el vuelo en el mismo momento en que una ola gigantesca cayó sobre él como una cascada arrastrándolo al fondo del océano junto con el ave y su compañero que se despeñó en picado persiguiendo a su amada.

Desde entonces, se dice, que cada año el torrero vuelve al faro para completar su cometido, sin darse cuenta de que ya nunca podrá devolver al cielo el vuelo de aquella pareja puesto que los tres perecieron en el intento. 




Comentarios

  1. Precioso, magistral, Ana. Deberías escribir un libro de leyendas ¡Que tiemble Becquer en su tumba!

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    1. Eso son palabras mayores, pero igualmente muchas 🙂 gracias

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  2. Precioso Ana ¡Que bonito! le doy a Mercedes toda la razón. Un libro de leyendas ya, que estás tardando mucho..

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  3. Muchas gracias, amores míos, dais sentido a mi escritura

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