SIN BANDERA

En la arena húmeda descansaba su cabeza ligeramente ladeada hacia la izquierda, mirando al mar, intentando ver más allá de las aguas y de las tierras que se interponían entre ella y su casa. Quería retener en su memoria la belleza a la que estaban hechos sus ojos. Recordar en qué momento decidió cambiar su vida, o quizá nunca quiso pero pensó que no había otra salida.

Sin consciencia de que comenzaba una revolución. El hombre solo habla de revolución cuando tiene un punto de referencia, un grupo y una bandera, de otra forma no transciende, solo es el instinto por sobrevivir.

Sentía mucho miedo, no había ya dolor, eso había pasado. Ahora con el frío metido en el alma y en la carne, simplemente quería ver su aldea.

Su vientre estaba duro y sin vida, ya no tenía ningún motivo para aguantar. Con una sonrisa y los tejados de las chozas en su retina, se abandonó y dejó de soñar con bienestar y libertad.

Había más cuerpos, todos desnudos y oscuros como cetáceos varados en la arena, ella era la única que conservaba la ropa, casi resultaba obscena la alegría de la tela.

 De esa es de la que tú no quieres hablar, pero yo no puedo apartarla de mi mente. Veo sus ojos fijos en nosotros y su mirada de miedo grande, su vestido y su turbante de estampado colorido chillón contrasta en esta hora incierta en la que el mundo aparenta blanco y negro.

Ahí, tumbada en la arena con su vientre negro y redondo que, seguramente, la decidió del todo para huir del infierno y ahora se ha convertido en sepultura inesperada de colores.

Necesito hablarlo contigo. Yo tampoco quería ver esto.

 14/07/2014ANA PONCE DE LEON MARTIN EZ   la revolución



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