PREFERISCO COSÍ
El sonido de la melodía de “Preferisco Cosi” fue lo que hizo que me diera cuenta de que día de la semana era.
Tantos domingos diferentes a lo largo de la vida y ahora, eran días tan parecidos unos a otros que ni siquiera notaba el contraste.
Los de la infancia olían a ropa limpia y nueva. Todos nos vestíamos diferente para ir a la iglesia. Era más un acto social que religioso, al menos en mi familia. No era la mía una casa en la que la religión tuviera una importancia capital. Íbamos a misa y luego tomábamos un aperitivo-almuerzo que duraba bastante y a mi madre le facilitaba el no tener que cocinar en el día del señor.
Los sentimientos son como los músculos, no sabes que están ahí si no los usas y para mí la evocación de aquellos años es un recuerdo de sentir la luz de sol, de felicidad y sobre todo de plenitud. Ese es el sentimiento que prevalece sobre todos los demás, todo era pleno, todo me gustaba.
Mi padre se ponía guapo y mi madre, que siempre lo era, se arreglaba un poquito más. Mis hermanos y yo llevábamos zapatos de charol negro.
Los domingos, mucho tiempo después, eran el día de apurar las caricias furtivas antes del regreso a casa. Entonces me sentía invencible, capaz de cualquier cosa que me propusiera, nada podía detenerme. En aquella época se puede decir que yo era valiente.
Años más tarde fueron días sin reloj. Los viernes por la noche se guardaba todo lo que nos pudiera recordar la hora y vivíamos el fin de semana sin reglas, amándonos a cualquier hora y comiendo, cuando el estomago reclamaba con el vacio, en una cama revuelta, impregnada de olor a pasión que, por algún extraño motivo, o eso me parecía a mí, de repente, a última hora, exigía orden. El sol caía de golpe y una luz triste indicaba que había que volver a la rutina y esperar el resto de la semana.
En aquella época mis sentimientos eran de generosidad y de entrega, hubiera sido capaz de hacer “todo” por amor.
Poco a poco y sin saber cómo, sin transición, pasaron a ser días tristes, las calles se vaciaban los domingos por la tarde. La poca gente que salía de los portales llevaba escrito en la cara el tedio de la obligada comida familiar. Algunos teníamos un inequívoco gesto de hastío o disgusto. Se oían frases airadas del tipo “Yo no vengo más, tu padre me mira mal” o “Tu cuñado es un gilipollas”. En esos momentos la afrenta era el posesivo. Controla a “tus” hijos, cuando los niños corrían delante, contagiados e irritables. Chinchaban o pegaban al hermano y los padres, con la paciencia agotada, pagaban con los chiquillos el malhumor que provocaban aquellos domingos que ya no eran de plenitud, eran cutres, ordinarios y feos, a menudo el viento levantaba nubes de polvo que ensuciaban el aire y el ánimo. Por entonces se me encogía el corazón por el sentimiento de fracaso y frustración.
No sé de qué manera ahora los domingos son otro día más, otro día que se suma, que no tiene importancia porque no se diferencia mucho de un lunes. Ahora predomina en mí el sosiego, la serenidad, la losa del tiempo que me recuerda que, casi, nada está en mi mano. Aunque aun no me he rendido.
Ahora sé que es domingo porque en la radio suena la música de “Preferisco Cosi” que es la sintonía de la estación azul.
https://www.youtube.com/watch?v=Swuy3etH0YU


Pues me ha gustado la canción.
ResponderEliminarYa te dije por privado lo que me había gustado. La canción, que no conocía ,también. Mucho ambas cosas.
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