El maléfico influjo de la Luna



 

Amanece. Una tímida claridad comienza a hacerse paso entre las tinieblas, aquí en la cabaña. Pero yo, justo antes de que se empiece a apreciar esa tenue luz, sé que el sol ya comienza a asomar por el horizonte porque, en el mismo momento, vuelvo a pensar con claridad y corro, como si me persiguieran, a refugiarme en nuestro hogar.

Dentro de un momento, podré acercarme al cuarto donde yace el pobre Pedro, mi Pedro, mi amor y, llorando el más desesperado de los llantos, abriré la puerta con esta llave que me quema el corazón y soltaré las pesadas cadenas que lo aprisionan. Como hago tras todas las noches de plenilunio.

Pero aún debo esperar unos instantes, maldiciendo nuestra desgracia y el día en que, hartos de la ciudad, se nos ocurrió venir a vivir a estos parajes dejados de la mano de Dios, a kilómetros de cualquier vivienda. Al principio nos venció el entusiasmo de comenzar una nueva vida…Hasta que llegó la primera noche de luna llena.

¿Por qué nos cayó encima esta maldición? No sólo lo ignoro, sino que no alcanzo a explicármelo. Sólo sé que, a la mañana siguiente de aquella noche aciaga, despertamos rebozados en sangre y que pocas horas después encontramos los restos de un ciervo y de algo que parecía un gato montés, parcialmente devorados.

En vano intenté disuadir a mi marido de su convicción, sacarlo de ese marasmo de locura en que entró cuando llegó a la conclusión de que se había convertido en hombre-lobo. La sangre le parecía un argumento irrefutable a favor de su culpabilidad, por más que yo apelase a su intelecto y le repitiera que tales seres no existen.

Cuando, durante el siguiente plenilunio aparecieron en el bosque dos víctimas humanas, “atacadas por algún animal de enormes mandíbulas, cuya huella no se corresponde con ningún depredador conocido”, tal como repetían los medios de comunicación, el pobre Pedro, a punto de enloquecer, tomó la determinación de ser encadenado y encerrado cada noche de luna llena. Me rogó encarecidamente que no hiciera caso de gritos ni súplicas, en caso de emitirlos y que no intentara ver su transformación, pues no podríamos soportar ni él la vergüenza ni yo el espanto.

Así, lo hice (pobre mío), a pesar de intuir que no estaba en lo cierto y de saberlo con certeza a partir de entonces.

Ahora, yo acabo de regresar a la cabaña; y, extendiendo el brazo bajo el haz de luz que penetra por la rendija de la contraventana, espero el momento de reunirme con mi amor, mientras veo desaparecer la hirsuta pelambrera que cubre mi antebrazo y mi mano, y las garras vuelven a convertirse en mis dedos. A continuación, me ducharé para hacer desaparecer todos los vestigios de las barbaridades que, sin duda, he cometido la noche pasada y de las cuales no tengo consciencia alguna.

Y sólo entonces podré reunirme con mi desdichado marido, maldiciéndome por no atreverme a confesar la verdad y preguntándome, mientras disimulo con una sonrisa, si no sería lo mejor que me quitara la vida.

https://youtu.be/9qbxiPLVHNE  La Unión: Lobo hombre en París

 


Comentarios

  1. Está bien guardar en casa algo de comer, por si al ocaso hace hambre.

    ResponderEliminar
  2. Muy bueno, Mercedes. No siempre el lobo tiene que ser un hombre, reivindiquemos nuestro rango de mujeres lobas.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares