EL ROSCÓN DE LA JUSTICIA

 

Aquel hombre era un maestro de de la repostería. Todo lo que hacía era exquisito, aunque él siempre buscaba la perfección y nunca se daba por satisfecho.

Trataba de convencer a la gente de que él era un hombre humilde al que no le importaba que alabaran sus dulces, pero , claro, esto no era más que un eufemismo  que no convencía a nadie, puesto que él se consideraba un artista  y como cualquiera que ejecuta una  obra, también,  nuestro amigo, tenía la necesidad de que le fuera reconocido su mérito y ya se buscaba las mañas para hacerse ensalzar.

El hombre se empeñó en añadir a sus especialidades un punto único, algo que lo diferenciara de todos los demás y para esto no le quedó más remedio que acudir a su imaginación para combinarla con su buena técnica y lograr así los méritos que sin duda merecía.

Se acercaban las fiestas navideñas. Su pastelería estaba repleta de los productos típicos de la fecha.

Se convocó  un concurso para premiar al mejor  roscón. Él, al igual que el resto de  artesanos, se afanaba en conseguir la masa perfecta, el aroma adecuado y la textura que llevara a los paladares al clímax de las papilas gustativas.

Incluyó  algún ingrediente que resaltaba la calidad y haciendo un alarde imaginativo  suplió la corona por una boina con el rabito bien erecto (era profundamente antimonárquico y ni siquiera por continuar la tradición iba a transigir con este tema) por supuesto,  sustituyó al rey por la figura de un humilde proletario vestido de fontanero, desde luego con mascarilla, como corresponde a una persona socialmente implicada para no provocar contagios. El haba la dejó porque es una legumbre muy del pueblo y no vio la necesidad de eliminarla.  

Pero, como suele pasar a menudo, no fue su rosco el que se alzó con el triunfo, hubo uno, rociado con polvo de oro, que causó sensación por su precio y aspecto de joya, en realidad lo era, costaba un riñón y parte del otro. En fin, nuestro hombre montó en cólera clamando contra el lujo y el capitalismo, y se convenció a si mismo y a sus amigos de que el concurso había sido un tongo.

 Como todo hay que decirlo, confesaremos que fue presa de un ataque de rabia.

Durante  la producción tuvo la brillante idea de convertir en vehículo reivindicativo y de desagravio  su magnífico dulce y así, la noche de reyes,  obsequió a los jueces del concurso (cuatro mataos y medio) con un espectacular rollo.  

Según iban comiendo  y sacando los regalos, se dieron cuenta, los árbitros,  de que  el relleno del roscón estaba repleto de mala baba y  papelitos (como las galletas chinas)   augurando y deseando que reventaran al comerse el maldito roscón. Estos eran los deseos de aquel buen hombre desprovisto de ego, un buen hombre tendente a los berrinches, un hombre con un marcado sentido de la honestidad suya. Recto,  como el rabito de una boina,  intransigente, pero un buen hombre al fin.  

 

FIN

Comentarios

  1. Me encanta este relato. Este santo varón, tan injustamente valorado, seguro que, al menos, cuenta con la aquiescencia y el apoyo incondicional de toda una cohorte de admiradores (que por supuesto no tienen ni idea de las maquinaciones, descalificaciones y perversos deseos de tal Tartufo de pacotilla).

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  2. Me encanta eso de montar en Cólera. Antes era Furia. Ahora es Cólera. Espléndidas yeguas de pura raza.

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  3. ¡Muy bueno, Ana! Hoy aun me ha gustado más que ayer, está lleno de matices y detalles, como la boina con el rabito bien erecto (no quiero que penséis que la cosa va con segundas), o la cohorte de admiradores que dice Mercedes que no estoy yo muy segura de que no sepan ni comulguen con los deseos del pastelero en cuestión.
    Muy, muy bueno,

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  4. Me quedé a gusto, al menos eso, parodiar la vida.

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