EL MITO CESANTE
(es de hace dos noches de difuntos, o sea de 2018; ya ha pasado, pero...)
Una sombra o
espectro o quién sabe qué aparición fantasmal recorre las calles más antiguas de
las ciudades de España, quizá con algo más de frecuencia, las de Sevilla;
callejones, recovecos, plazuelas, anteriores a los ensanches que convirtieron
aquellas en ordenadas cuadrículas.
Es la imagen de un
hombre de buen porte, a no ser porque le rodea tal aire de pesadumbre que hasta
la pluma de su sombrero pende lánguida y la capa se ciñe medrosa a su figura,
sin hacer caso a los embates del viento.
Don Juan Tenorio,
o más bien su mito, siente que ya no tiene cabida en este mundo: ¿A qué
doncellas engañará bajo promesa de matrimonio, cuando actualmente las jóvenes no tienen ninguna prisa por
casarse? ¿Cuántos padres morirán a sus manos por haber intentado vengar la
pérdida de una honra que ya no reside en el himen de sus hijas? ¿Qué virtud
podría escarnecer el infeliz en el hipotético caso de que alguna mujer accediera
a mantener relaciones sexuales con él?
Don Juan es el
burlador burlado, el bravucón sin sentido, el amante fallido, tan digno de
compasión por su incapacidad para el amor como ridículo y trasnochado.
Sus imitadores,
que los tiene, reniegan en público de él y de sus mañas y disfrazan su
donjuanismo con mil antifaces de modernidad y hasta de feminismo; las mujeres
huyen de él como de la peste y los auténticos valientes lo desprecian.
Es un mito sin
ocupación, condenado al ostracismo y al olvido: Un mito cesante.
¡Pero, quietos, don
Juan parece tomar color, consistencia, vigor. Pluma y capa revolotean airosas y
él se yergue con un punto del olvidado orgullo en la mirada!
Vedlo ahora, sentado
a la mesa de una hostería, bramando indignado:
¡Cuán gritan esos malditos,
pero mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caros sus gritos!
Porque, hoy, 31 de
octubre, noche de difuntos y ánimas, se ve rodeado de niños y grandes disfrazados
de brujas, de muertes, de zombis, de diablos y monstruos que portan calabazas
huecas de iluminada sonrisa siniestra, amenazando con fagocitar las tradiciones
autóctonas, con engullir a don Juan.
Cesante, sí, pero
muerto no le queremos. Es, al fin y al cabo, uno de nuestros mitos.
¡Dejémosle trabajar esta noche!

No sé que pasa que no me sale el comentario
ResponderEliminarDecía que ciertos mitos, aunque obsoletos, siguen siendo necesarios
Recomiendo el "Don Juan" de Torrente Ballester. Una novelota que me gusta mucho.
ResponderEliminarLo recuerdo, Mercedes. Me ha gustado volverlo a leer aquí y recordarlo de nuevo
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