EL DÍA QUE DIOS PISÓ ÁFRICA
Un fogonazo de luz blanca entró a través de todos sus sentidos. No sólo por los ojos. El resplandor se coló por la nariz, por la piel, por la boca y sobre todo por los oídos que quedaron invadidos de un pitido metálico, resplandeciente, continuado y amenazante, como si no fuera posible que hubiera otra resonancia que pudiera propagarse por en el universo.
La boca se le abría incapaz de articular sonidos, sólo abierta, preparada para el grito, pero cauta, con necesidad de entender.
Cerca de ella había un brazo, exclusivamente un brazo. Los dedos se cerraban, se movían a pesar de no tener dueño. Espantada por la visión, en decimas de segundo, pensó que quizá ella no tenía el resto del cuerpo. Recordó algunas imágenes de pájaros que decapitados continuaban andando y se tocó el cuello y las piernas y vuelta a los brazos y el cuello y a las piernas una y otra vez, por comprender.
Una mujer estaba cerca sentada encima de un charco negro y viscoso, todo era blanco hiriente, pero la mancha del suelo se extendía lentamente, oscura, granate como una amenaza. La mujer, enloquecida, recogía con sus manos la sangre y se la acercaba al cuerpo con la esperanza de poder devolverla a su torrente.
A través del pitido comenzó a oír voces, llantos, llamadas desesperadas. Los nombres propios se adueñaron del espacio, eran nombres en muchas lenguas. Se invocaban desesperadamente y el nombre de Dios era uno de los más reclamados, pero estaba claro que aquel día Dios se olvidó de pisar Las Ramblas.
Poco a poco, la luz se fue mitigando y los objetos volvieron a tener color, el suelo estaba lleno de papeles, girones de tela, flores machacadas zapatos viudos y sangre sucia.
Una absurda preocupación se adueño de ella. Los zapatos, sus zapatos, había perdido uno. Angustiada recorrió el asfalto con la mirada buscando su zapato, pero no fue capaz de localizarlo, ni siquiera recordaba cómo era.
Al fondo una furgoneta blanca estaba parada con las puertas abiertas y el morro destrozado. Tenía restos de sangre en lo que quedaba del parachoques. Eso es, pensó, ha sido la furgoneta, un loco que ha perdido el control, pero de pronto, entre carritos de bebe tumbados, bolsas de tienda machacadas, al mismo tiempo que nuevas y cuerpos destrozados vio a un joven que gritaba “Al·lahu-àkbar”. Llevaba algo enrollado al cuerpo. El policía descargó el arma contra él y un silencio sepulcral invadió el espacio esperando la deflagración final. El joven cayó tendido en el suelo.
Surgió en el recuerdo Charlie Hebdo, Alá es grande, igual que lo de Bataclan, Alá es grande. Eso fueron los días en los que Dios se negó a pisar París.
Y la mujer sin zapato se levantó y comprendió.
Se preguntó si el día que Dios piso África algunos hombres le oyeron decir a modo de orden “revienta y revienta”.
19/11/2020…REVIENTA

¡Los pelos de punta, Ana! ¡Que terrible descripción del atentado de Las Ramblas! se puede sentir el horror en 1ª persona.
ResponderEliminarSi, Dios se niega muchas veces a pisar los sitios. Demasiadas par ser Dios.
Es buenísimo dentro del horror . No creo que nadie de los que allí estuvieron pueda describirlo mejor. ¡Terrible!
Gracias Aurora. Los testimonios son atroces y en estos días se oyen continuamente, están con el juicio a esos cabrones.
EliminarMuy buen relato.
ResponderEliminarAcaso habría que buscar la huella, más bien, del Demonio, en todo eso.
La huella del demonio está unida a la de Dios, en la biblia hay tantos pasajes en los que se le atribuye a Dios decisiones demoniacas que resulta dificil no temerle.
Eliminarpedirle a Abraham que sacrifique a su hijo es un pequeño ejemplo.
Buena excusa dio Abraham cuando estuvo a punto de matar al chiquillo por lo mucho que molestaba: que me dice Yahvé que lo sacrifique, yo soy un mandao. Luego reflexionó: si vuelvo a casa sin el nano la mujer me mata. Oye, que al final me ha dicho el ángel que no lo mate porque tal y cual, chico, no sé, como encendí la hoguera con unas hierbas raras, parece que el humo me ha confundido bastante las ideas. Mira, vamos a matar el cordero este que ya va siendo hora de comer.
EliminarSeguramente se cuestionó la existencia de Dios. En nombre del mismo (nombrado Alá) se cometieron todos esos atentados.
ResponderEliminarEn cualquier caso, está claro que el Mundo está dejado de la mano de Dios.
Tu relato, buenísismo, especialmente en sus descripciones.
Gracias Mercedes.
ResponderEliminarDIOS mío ayúdame, Alá es grande.
Es el mismo.
¡Señor, dame paciencia! ¡Pero dámela ya, ya, ahora mismo!
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