Tertulia 17-2-2025: Lectura
Tertulia del lunes 17 de febrero de 2025
LECTURA INCÓGNITA 17-2-25
Cuidadosamente elegidos en el mercado, según es ley cuando se trata de mercancía
destinada al servicio del templo, los dos esclavos eran hermosos ejemplares de raza, y si
él parecía gallarda estatua de barro cocido, modelada por dedos viriles, ella tenía la
gracia típica y curiosa de un idolillo de oro. Los pliegues del huépil apenas señalaban
sus formas nacientes, virginales; los aros de cobre que rodeaban su antebrazo acusaban
la finura de sus miembros infantiles. Entre él y ella no sumarían treinta y cinco años y,
recién cautivos, el trabajo no había alterado la pureza de sus líneas ni comunicado a sus
rostros esa expresión sumisa, aborregada, que imprime el yugo.
Al encontrarse reunidos en la casa donde los soltaron -casa bien provista de ropas,
vajillas y víveres-, se miraron con sorpresa, reconociendo que eran de una misma casta,
la de los belicosos tecos, adoradores del Colibrí. Desde el primer instante hubo, pues,
entre los esclavos confianza, y se llamaron por sus nombres -él, Tayasal; ella, Ichel-. Sin
preliminares se concertó la unión. Tayasal se declaraba marido y dueño de Ichel, «la de
los pies veloces», y ella le serviría a la mesa y en todo. Dócilmente, Ichel presentó a su
esposo los puches de maíz, el zumo del maguey y el agua para purificarse las manos, y a
su turno comió después, con buen apetito juvenil.
De la suerte que les esperaba apenas hablaron, haciendo sólo breves alusiones
sobreentendidas. El quejarse hubiese sonado a cobardía. No ignoraban la costumbre del
poderoso pueblo donde tenían la desgracia de sufrir esclavitud, y ni aun la censuraban,
porque las de su patria eran asaz parecidas, y el Colibrí, aún más sanguinario que los
dioses del agua, en cuyas aras debía ser sacrificada la joven pareja a la vuelta de un mes.
Aprovecharían a solaz, eso sí, los días que restaban; harían vida descuidada y deleitosa,
de engordadero y amadero, y llegada la fecha, la sexta veintena, el 7 de junio, se
despedirían del mundo bailando incansables hasta que la luna, subiendo por el cielo,
señalase la hora de morir.
El día fatal ascenderían a divinidades. Ichel se revestiría con los atavíos de la diosa del
agua; Tayasal, con los del dios. No cabía nada más honorífico para esclavos que
respetaban a las deidades, aun cuando no fuesen las que desde niños adoraban con
temblor fanático. Frecuentemente hablaban de cómo pasarían la fiesta, mil veces oída
describir. No se trataba de una solemnidad guerrera, sino agrícola. Las aguas estarían
entradas ya; las sementeras, crecidas y con mazorcas. Los sacerdotes, a la aurora, irían a
quebrar cañas de maíz y clavarlas en las encrucijadas; las mujeres acudirían con
ofrendas. Por la mañana también, una niña, vestida de azul, sería llevada, entre cánticos
y música, al centro del lago, en ligera canoa, y allí, con fisga de descabezar patos, la
degollarían, arrojando a las ondas rosadas por su sangre el corpezuelo y la destroncada
cabeza. En cada vivienda, los instrumentos de labranza, en trofeo, se verían engalanados
con ramaje y adornados. En ríos y fuentes se bañaría la mocedad; en las plazas
danzarían los señores, llevando en la diestra una caña, en la siniestra una cazuela de
fríjoles y maíz cocido; la plebe, de puerta en puerta, mendigaría el mismo plato, la
abundancia que el agua produce y asegura… Y mientras tanto, los dos esclavos, Ichel y
Tayasal, diademados de oro y perlas, encollarados de oro con pinjantes de esmeraldas,
vestidos de túnicas y mantos delicadísimos de plumas que reverberan como esmalte,
perfumados, embriagados por continuas libaciones de zumo de maguey, danzarían entre
las aclamaciones delirantes de la multitud, sin notar que el sol caía y que la terrible luna,
sedienta de sangre y dolor humano, iba señalando con su majestuoso curso el instante
del suplicio. Hasta el género de muerte les era notorio: víctimas civiles, de paz, no les
abrirían el pecho con la rajante hoja de obsidiana, para sacarles chorreando y palpitando
el corazón; se limitarían a reclinarlos en un hoyo y cubrirlos de tierra -la bendecida
tierra que produce el maíz y que el agua fecunda. No pasaría más…, y habrían sido
dioses, tan dioses como los ídolos que en el escondido santuario oían preces y recibían
humo de gomas exquisitas…
Sin embargo, según iba aproximándose el día de la apoteosis, Tayasal se entristecía;
tenía momentos de profunda preocupación. Ichel, que cantaba jubilosa, mojando las
mazorcas para las frescas tortillas de la cena, solía acercarse a él preguntarle
dulcemente:
-¿Qué tienes, esposo mío? ¿Sientes morir por una nación que no es la nuestra? ¿Te da
miedo la fosa que ya cavan al pie del templo de Tlaloc y que nos servirá de último lecho
nupcial?
Él fruncía el ceño sin responder. Una noche -faltaban tres para la del sacrificio-,
apretando contra su pecho a Ichel, en medio del silencio y la oscuridad, balbució a su
oído:
-No quiero que mueras, ni por esta nación ni por ninguna. ¿Entiendes, Ichel? No quiero
que echen pellones de tierra sobre tu boca olorosa. Mi alma se ha pegado a ti como la
goma al árbol, y te desea como la caña desea la lluvia. No morirás. Escaparemos
mañana mismo, antes de que la luna cruel asome su cara blanca. Conozco el camino;
soy esforzado; no nos vigilan. Nos amanecerá en la sierra. Tus pies veloces volarán.
¿Has comprendido? ¿Por qué callas? Contesta, contesta.
Ichel tardó en hacerlo. Por fin pronunció despacio:
-Y si nos escapamos, Tayasal, ¿qué ocasión tendremos nunca de ser dioses?
Él se quedó mudo. No se le había ocurrido que, en efecto, fugarse era perder la
divinidad…
-Ichel -murmuró al cabo, apasionadamente-, ¿no es mejor renunciar a ser dioses un
momento; ser hombre y mujer y vivir así, así, unidos como ahora?
-No, no es mejor -declaró ella-. ¿Sabes por qué no nos vigilan? Porque conocen que
nadie renuncia de buen grado, neciamente, a ser dios. Si nos evadimos, si ganamos la
libertad y una larga existencia, no creas tampoco que estaremos así siempre… Yo
envejeceré; tú ganarás con tu brazo otras esclavas mozas, hábiles en tejer lana y moler
grano, y entonces maldeciré mi ánima. Un mes hemos sido esposos. Ahora seamos
dioses. Sólo hay en la vida una hora en que poder serlo; ¡esa hora es corta y no vuelve
nunca! Duérmete, Tayasal, mi colibrí. No pienses en fugas… Duerme.
Y Tayasal se durmió: la de los pies veloces sonreía triunfante. Un orgullo delicioso
agitaba su pecho de niña.
Al alba del tercer día, cánticos y gritos despertaron a los dos amantes, que se habían
olvidado en absoluto de la muerte. Sobre la linda escultura del cuerpo de Ichel,
semejante a esbelto idolillo de oro, y frotado de aromas y copal por los sacerdotes,
cayeron las galas y preseas de la diosa del agua. Para colgarle el bezote de cristal de
roca hubo que perforar a Ichel el labio. Estoica, no se quejó siquiera. Se sentía divina.
A su alrededor, el místico vocerío de los fieles comenzaba. Todos ansiaban tocar sus
ropas, coger una hoja de haz de cañas que empuñaban, besar la huella de sus pies, robar
uno de sus cabellos peinados en pabellones, como los lleva la imagen de la
Dispensadora del agua, la excelsa Chalchi. La esclava creía caminar como en sueños, y
al son de pitos y clarinetes, de las sonajas de barro y las tamboras de piel, que
acompañaban al areyto del agua vencedora, la víctima, infatigable, danzaba, brincaba,
giraba en un vértigo, moviendo los veloces pies, entornando los ojos extáticos, hasta el
momento en que un sacrificador la empujó, y cayó, al lado de Tayasal, en la zanja
profunda. Derramaron sobre los dos cascadas de tierra, que apisonaron reciamente, y el
pueblo siguió bailando encima hasta el amanecer.
El cuento se titula "Dioses". Es de Emilia Pardo Bazán.
Mi comentario a la lectura:
Finaliza con la muerte, como todos los sacrificios humanos, pero se presenta como dulcificada: un período previo de vacaciones y la idea de convertirse en dioses, que pocos imbéciles se la creerían. Sugiero la versión de Marvin Harris en Caníbales y reyes:


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