El mar era tal como se lo había imaginado durante
años y años: En su infancia, mirando esa litografía de un gran barco velero,
flotando sobre las aguas y, más adelante, por las imágenes que viera de
jovencita en el cine y posteriormente en la televisión.
A decir verdad, al natural resultaba mucho más
hermoso aún. Era, como decía su tío Pascual, que siempre había tenido alma de
poeta, una eternidad líquida, donde se podía perder la mirada para acabar
fijándola en esa línea exacta en que se funden agua y aire, mar y cielo ¡Cuánta
belleza!
Y el velero, tan bonito y misterioso, tan grande y
majestuoso como el del cuadro, tan quieto, casi varado en
la arena por la marea baja, tan cercano que podía ver a dos personas que
asomaban por la borda y la saludaban ¡Pero si eran dos de sus nietas!
María era una niña cuando el tío Pascual llevó el
cuadro con motivo marítimo de regalo a esa casita de un pequeño pueblo
manchego; venía de trabajar en unos astilleros del norte de España. La nena
quedó impresionada y se propuso ver el mar en cuanto pudiera. “Pero para qué
querrás tú ver esas cosas” le decía su madre. “Eso son pájaros en la cabeza. Tú
lo que tienes que hacer es una buena boda y parir muchos hijos.”
Ella pensaba escapar en cuanto fuera lo
suficientemente mayor y tuviera algo de dinero ahorrado. Aunque sólo pudiera
ver el mar y regresar, pero se ennovió muy joven. Él le prometió hacer un viaje
a la costa cuando se casaran, mas no pudo ser. El dinero escaseaba y cada uno
de ellos hubo de ajustarse, al día siguiente de la boda, con sendos
empleadores. La siega no esperaba.
Después llegaron los hijos, muy aprisa y uno
detrás de otro; ocho de ellos sobrevivieron. María, durante años no pudo sino
desechar su proyecto. A menudo, se detenía frente a la litografía marítima y
suspiraba resignada.
Fue pasando el tiempo, ya casi todos los hijos
estaban casados o trabajando en otras localidades; todos eran mayores y María
pensó que bien habría podido llegar el momento para replantearse el viaje,
cuando su marido enfermó gravemente. Quedó postrado en cama durante cuatro
interminables años, al cabo de los cuales falleció.
Ella se sentía aún fuerte y, acostumbrada a lidiar
con la vida, no se arredró ante la idea de viajar sola, pero cuando estaba
pensando cómo decírselo a sus hijos sin que pareciera una falta de respeto al
recuerdo del padre, el hijo y la hija mayores le plantearon, más bien le
impusieron la tarea de cuidar de sendos nietos, mientras ellos y sus cónyuges
atendían sus obligaciones laborales.
Tras estos niños vinieron otros y otros y otros.
María tenía ya 85 años, pero su ilusión permanecía intacta y he aquí que, sin
saber cómo, por fin había conseguido cumplir su sueño ¡Estaba frente al mar,
frente al hermoso velero y sus nietas estaban allí, a punto de abrazarla!
-Abuelita, abuelita ¿Me oyes? -Preguntó su nieta
Amalia. -Abuela, te quiero- Le decía su nieta Paz.
Y María, la orgullosa abuela, les sonreía feliz,
inmensamente feliz.
-Ya no conoce, ya no conoce- musitó una de ellas,
rompiendo a llorar – La pobre se muere sin haber podido ver el mar.
-Lo está viendo – Respondió la otra, mirando los
ojillos ilusionados y la boca desdentada curvada en una tenue sonrisa – Lo está
viendo ahora.

Es un relato precioso, me da pena.
ResponderEliminarA mi esto me suena.
ResponderEliminarYa te dije lo que me había gustado. Mucho, mucho,
ResponderEliminar