SOBRE EL TAPETE DE HULE
A veces tengo la impresión de que todas las cosas importantes de mi vida se gestaron en aquella cocina, en la mesa, sobre el mantel de hule descolorido por la lejía.
Sentados alrededor de la mesa observábamos con atención las manos de mi madre. Sabía pelar una manzana sin romper la piel. Sus dedos huesudos iban manejando la navaja y depositando la monda de la fruta cómo si aún conservara la carne. Eso cuando estaba de buen humor o no tenia los dedos hinchados por los sabañones y el frio.
En los entreactos, su vida estuvo llena de ellos, maltrataba la peladura y nosotros bajábamos los hombros desilusionados. Otras veces nos daba la fruta sin pelar, diciendo que eso era fibra y que arreando y ojito con tirar ni una miaja.
Mi madre siempre fue un oráculo, sobre todo para mí que era la mayor. Comprobé con el tiempo como se cumplían todos sus vaticinios.
El día que me sentí huera por primera vez recordé cuando, muchos años atrás, en la misma cocina que pelaba las frutas, me dijo: un día te sentirás hueca, no te preocupes, no estarás vacía, pero echaras de menos lo que nunca has tenido. Si lo hubieras tenido te sentirías vana por cualquier otra cosa. Vivir es lo que hace que se tuerza la vida.
Tú no te casarás nunca Mari Carmen, eres lista y te gusta aprender, pero no eres agraciada, no pasa nada, sólo se casan las feas tontas y fáciles de llevar. Tu hermana es guapa, pero se deshincha pronto, ella se casará y será una infeliz, porque no sabe quererse. Y tu hermano…. es un hombre, para él las cosas serán más fáciles a simple vista, pero no te lo dejes atrás. Lo siento mucho hija, pero vas a cargar con todos nosotros.
Y no se equivocó.
Empecé a trabajar en La Caja Postal de Correos antes de que a mi madre le devolvieran su derecho a ejercer como maestra. Eso nos dio cierto estatus, siempre habíamos sido personas sin sitio, de esa clase de gente que se queda sin silla.
Mi madre, se puede decir, adoptaba diferentes personalidades, lo hacía por instinto de supervivencia, pero a veces no salía de un papel y ya se había metido en el otro, la verdad es que era complicado. Lo mismo se comportaba con altivez que era dulce y cariñosa, igual un día era una señora marquesa que al siguiente se escondía para ir a la carretera, robar las flores de una de esas cruces donde alguien murió en accidente y llevarlas donde se suponía que mi padre estaba enterrado en una fosa común.
Con la edad empezó a desahogar los tormentos que vivían en ella.
Una noche, sobre el hule, me vomitó encima todos sus pesares, ella se quedó ligera, pero yo, sin querer, me hice cargo de todas sus piedras.
Mari Carmen: llevo muchos años pensando… ¿Qué boca pondría tu padre para morir, en qué postura caería en la fosa? Ya sé que parece una locura, pero me atormenta que se hiciera daño. Hay que sacarlo de allí y ponerlo como dios manda, ponerlo como a un ser humano, recto, sin retorcer. Hay que sacarlo Mari Carmen. Me duelen los huesos cuando pienso en eso.
Y no se equivocaba. Abrieron la fosa, todos estaban contraídos, con la mandíbula colgante llena de tierra. Un grito cegado incluso en la muerte.
Hemos enterrado perros con más respeto que el que sintieron por ellos.
Mañana me devolverán el cuerpo de mi padre !Después de tantos años¡
Ella no lo verá, pero su marido descansará, en buena postura, a su lado.
Saco el viejo tapete de hule que guardo como oro en paño, me siento en la cocina de esta casa, que es otra, me pongo a pelar una naranja sin romper la piel y le digo a mi madre que ya está, que ya he cumplido con todo, que yo también soy vieja ahora y que tengo mucho miedo a sentirme hueca.
17/02/2023

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