CALBALGAR LAS OLAS
A penas nos conocíamos, puede que hubiéramos coincidido, cinco ó seis veces, con amigos comunes, pero no habíamos hablado demasiado.
Un día me rozó, yo creo que sin intención. La piel de la nuca se me electrizó y enrojecí. Esto hizo que durante unos días pensara en él, pero nunca dio señales de interés por mí.
Esa era la madre del cordero, yo no quería sacar los pies del tiesto y llevarme un chasco, así que dejé de fabular.
La casita está a pie de playa, esa tarde de primavera, antes de poder cerrar la puerta, oí su voz tras de mí. Pura casualidad.
Desde luego lo invité a entrar. No diré que fue el gintonic, ni ninguna otra cosa, pero antes de que nos diéramos cuenta, los dos nos estábamos incendiando.
Al principio me tocó sin fuerza, no era delicadeza, fue precaución. Después noté más pasión en el tacto y supe que quería continuar, seguir adelante.
Subimos a la habitación, la ventana da directamente al mar, la brisa olía a algas y las algas olían a “anhelos”.
No me dejó quitarme la ropa, quiso desnudarme él. Yo cerré los ojos y me dejé llevar. Sus manos fueron bajando por mi espalda, aun estábamos de pie, me pasó los brazos por debajo de las nalgas y me elevó hasta que mis senos quedaros a la altura de su boca. Sus labios y su lengua recorrieron mi pecho, de vez en cuando restregaba su incipiente barba contra mi piel, era agradable la presión que ejercía. Mis pezones respondieron al estímulo inmediatamente.
Arqueé la espalda y me sostuvo apretándome contra su cuerpo.
Una vez tumbados pasó un buen rato acariciándome con las manos y con los ojos, no sentí vergüenza, su mirada era buena y convirtió mi cuerpo en algo hermoso que me disipó el poco pudor que pudiera quedarme.
Me pidió que me tocara yo misma, eso nos excitó.
Después... besó sobre mis dedos, bajo mis dedos, entre mis dedos y en todos los recovecos de mi sexo.
Yo rodeé su oreja con mi lengua, transité por su cuello, me detuve en su pecho, probé la sal de su piel y me supo a la sagrada sal de la tierra.
Deslicé mi cabeza, noté el pulso en su sexo, duro, erecto y dispuesto.
Sobre la cama baile para él y luego bailé sobre él y él acompasó su cadencia a la mía, cabalgamos las olas en un mar de fondo, subiendo y bajando sobre las crestas.
Hubo un momento en el que me pidió que parara, quería alargarme el placer, pero yo estaba en lo alto, había tirado de la driza y continué embarcada sintiendo su fuerza derramarse en mí.
Empezaba a anochecer, a lo lejos se veían luces. El sol, enrojecido y moribundo, se entregaba al mar sin reservas.
Me puso a su abrigo, sentí su cuerpo pegado a mi espalda, respirando sobre mi cuello. Con cada exhalación su aroma se integraba en mi piel, parecía dispuesto a permanecer en mí.
Me abandoné al sueño pensando que quería que aquel momento durara para siempre.


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