LOS PADRES

 

Mi padre es un buen hombre, aunque a veces tiene una falta de tacto notable, a pesar de eso, comparando con los padres de otras amigas, no se me ocurre ningún otro que me guste más que el mío. Aunque a ratos me destruya.

Para poneros en antecedentes nombraré a alguno de ellos.

El padre de Marta, por ejemplo, es un hombre de talla pequeña, tirando a pequeñísima. Sustituye la falta de tamaño con un carácter dominante y controlador. Marta apenas puede moverse de su casa.

 Irene tiene un padre guapísimo, siempre está pendiente de su aspecto y, de vez en cuando, hemos sido todas testigos del desdén con el que trata a Irene que, pobrecita, tiene tendencia a engordar.

 Silvia tiene un padre con mentalidad adolescente, al final esto es una cruz, creo que ella se avergüenza de algunas actitudes de su padre. Por contar una anécdota, diré que en los cumpleaños de Silvia, cuando nos reunimos para cenar en un burguer, hay que estar muy pendiente de él.

 Nos recoge para llevarnos a casa y de camino, por los puestos de hippies, siempre coge algún artículo y se lo guarda en los bolsillos sin pagar, nos mira con complicidad y con cara picarona, mientras nosotras no sabemos qué hacer para que nuestra amiga no se dé cuenta de que nos hemos dado cuenta.

Marta no puede contarlo en su casa porque su pequeño padre le prohibiría para siempre salir con nosotras, Irene no puede decir que ha cenado en un burguer porque su padre le impediría volver a celebrar un cumpleaños y mi padre querría venir a por mí personalmente.

Una vez puestos en antecedentes, el defecto de mi padre es la pasión por su trabajo y que es muy protector. Por mucho que le pida, incluso con lágrimas en los ojos, que no me venga a recoger a la puerta del instituto, él insiste, insiste y viene y yo, hasta ahora, no sé como negarme sin hacerle daño, pero ya he notado como se ríen de mí.

Ya he puesto mil excusas, papá quiero caminar, le digo, me viene bien hacer ejercicio. Nada le vale, me responde que, si yo quiero, por la tarde nos vamos los dos a correr.

Por suerte el coche comenzó a dar problemas y durante un tiempo pensé que me había librado de él. Hasta el otro día.

Había caído una nevada impresionante, era el primer día de clases después de las vacaciones de Navidad. Al salir del edificio se agradecía el aire frio en la cara, llevábamos el calor metido en el cuerpo y el contraste resultaba agradable.

 La nieve estaba muy limpia y se veía salpicada aquí y allá por los colores eléctricos de los anoraks.

 La rotonda que da a la puerta principal del instituto, empezaba a recibir algunos automóviles y de pronto, un silencio atronador se apoderó  de la calle. Doblando la esquina entró en nuestro campo visual  un imponente mercedes negro. Era  casi tan largo como una limosina. Irrumpió como si fuera el mes de Mayo.  Anacrónico, inoportuno, improcedente, casi obsceno.

Iba circulando lentamente, todo el mundo miraba fijamente, obnubilados. Los ojos iban del coche a mi persona y nadie puede imaginar el trago que me supuso subir a aquel coche cargado de coronas de flores y con el féretro dentro.

 5/05/2020 


 

Comentarios

  1. Muy bueno, Ana. Que versatilidad! El otro día me impresionaste con Luna de sangre. Digno relato de película de terror (de las buenas ¿eh?).
    Hoy me sorprendes con este de toque irónico e satírico con ese punto de humor negro que me ha encantado. ¿Eres un crac!

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  2. Por mucho menos yo he tenido que escuchar: "Papá, simula que no existes".

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