Nueva era

 

El vestíbulo estaba delimitado por dos amplias puertas correderas: Esa mañana, la que daba a la calle funcionaba como de costumbre, pero la que comunicaba con el establecimiento permanecía, para mi asombro y el de varias decenas de personas que habían llegado antes que yo, cerrada, bloqueada y custodiada por un vigilante de aspecto y acento caribeños, al que yo habría admirado como a un macizo de manual, de no ser por su condición de cancerbero y por su actitud -que a mí me pareció beligerante y, sobre todo, desdeñosa, como de un pastor que despreciase a su rebaño-.

El acceso de la calle continuaba dejando entrar a más y más personas. Los que aún podíamos, por estar situados más o menos cerca del local interior, mirábamos desolados como pululaban por su interior tan escasos clientes que parecían perdidos por los pasillos. Tras un buen rato, se abrió la puerta para dejar salir a 6 personas, que fueron inmediatamente reemplazadas por los 6 más cercanos a la puerta, azuzados por el militarizado guardia de seguridad.

Me empezó a invadir una especie de claustrofobia. Ya comenzaba a ser difícil mover alguna parte del cuerpo sin rozarse con los demás; había algunos niños a los que sus padres tuvieron que coger en brazos por miedo a la asfixia entre las piernas de los mayores. Me dije: “A la mierda” y me di media vuelta para salir de aquella encerrona, a pesar del grave perjuicio que me iba a causar no llevar a cabo lo que había ido a hacer. Comprobé, al borde de las lágrimas, que la gente había seguido entrando y casi sería más arriesgado darme la vuelta que continuar en mi sitio.

Entonces, en un pequeño arranque de rebeldía, ante el sinsentido de lo que estaba ocurriendo, intenté avanzar un paso hacia el vigilante-jurado, a ver si conseguía que entrara en razón. Al segundo, una mujer, situada justo delante de mí, en la segunda fila, me miró con un odio que yo no creía merecer y me espetó: “Si te cuelas, te mato”. No lo puse en duda, desde luego; incluso así me atreví a alzar la voz para increpar al hierático vigilante por hacinarnos en aquella especie de purgatorio, para evitar una acumulación infinitamente menor en el interior. No se molestó en responderme y también me miró con odio (he de reconocer que yo a él, lo mismo). Aún tarde media hora en poder entrar.

La siguiente vez que me atreví a acercarme, ya no se producía aquel error garrafal; las colas para entrar a Mercadona daban vueltas a varias manzanas; la mayoría de los sufridos clientes había conseguido ya una mascarilla o se la había fabricado, o llevaba enrollado un fular. Así mismo nos obligaban a ir enguantados, pero, al menos no nos amontonaban sin protección y por sorpresa.

Ese escenario formó parte, sin duda, del comienzo de una nueva era, de la cual no podemos sino dolernos, aún estupefactos. Dentro de poco se cumplirá el segundo aniversario de aquel aciago 14 de marzo de 2020.

 

Vieja era (con perdón)

Comentarios

  1. Madre mía, por lo que hemos pasado y hemos ido normalizando.
    Somos buenos, muy buenos y tú nos lo refrescar.
    Muy chula tu forma de contarlo

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  2. Muy bien contado, Mercedes. En un principio creía que se trataba de las Rebajas, pero ya vi que no. Era infinitamente peor. Muy buen relato

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  3. Efectivamente, esa empresa nos trató como a bichos. Y es algo que debemos recordar cada vez que entremos en alguno de sus establecimientos.

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    1. Mil perdones. Olvidé poner un razonable calificativo. "Inmundos establecimientos".

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