LOS MEMBRILLOS DE SEPTIEMBRE
Era el mes de septiembre, la primera semana, la semana de las fiestas del pueblo.
Los veraneantes ya casi habían desaparecido y los pocos que quedaban, hambrientos de playa, no se juntaban ni, apenas, intervenían en los festejos.
Los caballitos de feria apuraban el final de la temporada y se ponían en marcha mucho antes del atardecer para aprovechar las ansias de la chiquillería. A las seis de la tarde ya se veían criaturas con manzanas de caramelo rojo o con algodones de azúcar en lugar de la merienda.
La calle central del pueblo se preparaba para “correr la vaca”. Todas las calles perpendiculares quedaban cerradas por barreras de maderos en las que se subía una multitud encogiendo las piernas. Los críos alborotaban y corrían hasta que la bocina avisaba de la entrada de la vaca en el pueblo. La carrera acababa cuando llegaban al castillo que, por aquel entonces, estaba hecho un asco. Su función principal era la temporada festiva. Luego fue restaurado y todas las dependencias pasaron a ser de uso municipal, excepto el patio interior que se convirtió en un gran parque infantil, Pero en la época que nos ocupa servía como plaza de toros.
En una de las escuadras interiores un habitáculo, que más bien parecía una cueva, hacía las funciones de calabozo durante el año y de toril cuando llegaba la vaca. Los niños nos aupábamos para mirar por la pequeña reja de hierro al toro o al preso.
En la Glorieta que era el centro del pueblo y la puerta de entrada al castillo, estaban los carritos de madera, un mínimo de siete, vendían chucherías, pastillas de leche de burra, globos, pipas y sobre todo, en esas fechas, las codoñetas, así era como todos llamábamos al membrillo, tardé muchos años en saber que las dos cosas eran lo mismo.
La codoñeta estaba en su momento de recogida, la tradición era tirarle al toro la fruta verde desde la muralla, todos afinábamos la puntería para arrearle a la vaca un membrillazo en la testa. El coso se llenaba de fruta machacada, de mozos resbalando entre pedazos de codoñetas doradas con olor acido que, aun hoy, recuerdo que me hacia crecer los dientes dentro de la boca, igual que cuando la tiza chirria en la pizarra, a eso en el pueblo lo llamábamos tiricia.
Aquel año fue diferente y dejó una marca indeleble en mi recuerdo y en la vida de otros muchos.
Por aquel entonces el que era forastero, era forastero. En los pueblos de España no podías hacer nada por cambiar eso. Si no habías nacido allí eras forastero para toda la vida, sobre todo para lo malo.
Cuentan, pero poco, porque de eso apenas se habló, que una niña señaló a un hombre diciendo.
– Mira papá ese hombre ha sido. El padre se volvió como un loco y bramó.
–Yo te mato, te mato.
Ya no hubo tiempo para nada más, el desconocido sonrió bobaliconamente al principio, sin entender, luego el rictus de su rostro se tornó de asombro para pasar al horror.
La gente se contagió de ira, lo fueron bandeando en un frenesí feroz.
Las madres sacaron a sus hijos más pequeños. Se taponaron las dos puertas del castillo, ataron en la picota del toro al forastero y la lluvia de fruta verde apuntó a su cabeza.
Los membrillos reventaban en su nuca, en las cuencas de sus ojos, en el pecho. La nariz era un manantial de sangre y de un oído salía un fino hilo rojo que se le escondía en el cuello, la boca era un agujero oscuro en la que ya no se podían distinguir los labios ni la ausencia de dientes. La gente vociferaba,” Asesino, violador, forastero de mierda, te mato, te mato”.
Se abrió la puerta del toril y la vaca, desorientada por el griterío y la luz del hiriente sol, corrió veloz hacia el único bulto que se movía en el centro de la plaza. Elevó el fardo a más de dos metros del suelo, con los cuernos desnudó al polichinela de ropa y de dignidad y atravesó su garganta con el asta.
Después de un silencio sepulcral en el que todo el mundo pudo mirar a la muerte a los ojos con una mezcla de placer y miedo y antes de que asomara la vergüenza, la chiquilla gritó.
–Qué pena, la vaca a cogido a ese hombre tan bueno, el que me ha comprado las codoñetas.
Y por todo el pueblo se oyó…. “La vaca, la vaca ha cogido a un hombre”.

¡Pedazo de relato que nos has regalado hoy! Para ganar un Concurso, el mejor con diferencia, ¡Felicidades! Me ha gustado mucho,
ResponderEliminarOhh! Muchísimas gracias Auro
ResponderEliminarPienso lo mismo que Aurora ¡Enhorabuena, Ana!
ResponderEliminarYa quisiera yo que dependiera de vosotras
ResponderEliminarMuchas gracias a las dos