EL SULDAT

A los perros la felicidad se les aloja en el culo. Este, cuando veía aparecer a su dueño, se contorsionaba de una forma extravagante y dejaba que la alegría transitara por su cuerpo. El regocijo iba haciendo su recorrido. Desde la cola remontaba por el lomo, la espalda se arqueaba, la cabeza se doblaba, subía y bajaba y en algunas ocasiones su felicidad era tanta, que se le escapaban unas gotitas de pipí, pero el Bigotes no se enfadaba, ni sentía ningún asco de su perro por eso. Aquel amigo siempre le dio mucho más de lo que le demandó. Si no se lo seguía llevando en la barca, era porque el animal ya estaba viejo y torpe y él tenía miedo, no fuera a caerse al agua y ahogarse. Porque, pongamos las cosas claras, el Bigotes quería a su perro tanto como el perro le quería a él y se daba cuenta de que tampoco era el hombre ágil y fuerte de otros tiempos, que con un simple manotazo podía rescatar al can de las fauces del mar. El hombre, casi siempre, lucía una barba como de dos días, no importaba que hiciera tres horas que se había afeitado, igualmente le crecía el pelo que rodeaba su bigote, poblado, grande, blanco y amarillento que había acabado por darle el apodo por el que todo el mundo lo conocía. La rutina de cada día era la misma. Antes del amanecer, el Bigotes se tiraba del camastro, pisaba la pinocha y la arena que le hacían las veces de suelo. Dentro de la cabaña, a la que él llamaba “el Kiosku”, sorteaba las redes de pesca que estaban preñadas de olor a mar, azuzaba los troncos de la salamandra, para reavivar la llama y ponía un calamar, pescado la noche antes, encima de las brasas. Cuando estaba asado lo compartía con el Suldat, que así se llamaba su perro. Este nombre definía perfectamente al animal, que era de una obediencia ciega y una fidelidad única, sin límites. Siempre estaba dispuesto a obedecer al Bigotes, solo por las mañanas se hacía el tonto e intentaba mimetizarse con las nansas y las artes de pesca, por ver si así se colaba confundido con el paisaje y podía escoltar a su dueño. El Suldat era verdoso, como las cuerdas deshilachadas del nylon, áspero como las de esparto, hirsuto como un jabalí, pero tibio y con vaho de vida. El olor era como de algas frescas. En sus ojos el Bigotes podía leer, porque el Suldat los tenía llenos de la crónica y las hazañas de la vida de los dos. Aquella madrugada el Bigotes bajó al embarcadero de la cala Mastella, debajo de las cestas del palangre distinguió la cola del Suldat, el perro se había escondido con la esperanza de acompañar al hombre. El Bigotes preparó todo el avío para la jornada de pesca, dejando para el final el momento de desembarcar al perro. Levantó los bártulos y sin mirar al Suldat dijo: vinga, a terre. El perro levantó la cabeza, algo vio el Bigotes en aquellos ojos blanquecinos como la vía láctea. Algo pudo leer, una chispa de delicadeza le advirtió de una señal diferente. El Bigotes sonrió detrás de las lágrimas. Suldat, gitat, et véns en mi, estarem junts en açò. El perro suspiró, apoyó la cabeza en las nansas y, aunque haya gente que no lo crea, sonrió. 

19/09/2025

https://www.youtube.com/watch?v=y3VtRlh99qw   La Compañía: "El soldadito". 
 



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