HILO NEGRO

El tío Blas vio la enorme nube que estaba posada sobre el mar. El sol había quedado velado detrás del nubarrón. Vio como los negros que vendían en el paseo de la playa, dejaban libres las esquinas de los trapos, sobre los que descansaban la mercancía de moda. Mbappé y Lamine se llevaban la palma en ventas. Todo estaba listo para, que en el momento en el que la lluvia llegara, tirar de las cuatro esquinas y salir corriendo, como si fueran los hombres del saco, con los fardos al hombro y las espaldas encorvadas. Aún no había descargado una sola gota de lluvia y la arena ya tenía el aspecto del serrín mojado. El tío Blas, recogió la sillita y la pequeña mesa plegable donde cortaba y colocaba, atados con una goma, los paquetitos de regaliz de palo. Blas olía todo él a regalicia. Tenía unos dedos gordos y poco flexibles, pero muy fuertes, sus uñas estaban recubiertas de una pátina amarilla, al igual que la pequeña tijera de podar con la que cortaba los puritos de paloduz. Apañó la vieja moto. El asiento estaba lleno de parches, el depósito era rojo desvaído, y en los apoyapiés, un barullo de esparadrapo renegrido, como piel vieja, daban descanso a las alpargatas. Atada detrás, llevaba una caja de plástico, de las de fruta, a pesar de la porquería, en algunos recovecos, se reconocía el color azul que pervivía debajo de la roña. Allí acomodaba Blas sus bártulos de trabajo y los detalles que algunos clientes tenían con él. Una botella de vino, o ropa que se les había quedado fuera de uso. -Seguro que tu parienta te lo ajusta Blas, que me han dicho que es muy apañá. Blas tenía buen trato con todo el mundo. Los negros del paseo le confiaban mercancía cuando la policía venia a por ellos. Pero lo único que no soportaba era que alguien nombrara a su parienta, sobre todo si había bebido un poco de vino. Entonces a Blas se le aceleraba el pulso, como si fuera posible que los hombres la tocaran con solo nombrarla. Era en esos momentos cuando, él solo, se encendía y llegaba a su casa de mala hostia, con ganas de tocarle la cara a su mujer y aquello tomaba unos sesgos peligrosos porque notaba la sangre en las venas del gollete, reventonas, latiendo y pugnando por salir del cuello y no encontraba otra manera de calmarse que arreándole a la mujer por puta. Ella hacía tiempo que no tenía ya fuerzas para quejarse. Aquel día, antes de que la nube negra reventara y dejara caer toda el agua en la puerta de la casa cueva, delante del mar, bajó de la moto cogió la caja, entró en la casa y le dijo a su señora… No aguanto como me miras. Que poca vergüenza se te ve en la mirada. Veras como termino yo con esto. Y no se quedó tranquilo hasta que hubo terminado, al dar una ojeada le dijo: Nunca lo hubiera dicho, pero es verdad, ata más el hilo que la sangre. Y se quedó mirando los ojos de la mujer cosidos con hilo negro. 

27/07/2025 (sesgos)



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