LA VIDA EN UN MOMENTO
Subimos por la avenida de Federico Soto, las calles estaban repletas, era imposible ver la Plaza de los Luceros. El desfile de las naciones, atraía a la multitud que colapsaba la avenida de Alfonso el Sabio.
Nunca me han interesado mucho las cabalgatas, reconozco que es un espectáculo vistoso que, dicho sea de paso, nunca sé donde empiezan y donde acaban. Es como si de pronto aparecieran las carrozas y el jolgorio y luego, de repente, se diluyera el hechizo.
Al llegar a la Explanada y sentarnos en el quiosco de Peret, fue cuando verdaderamente vimos un desfile de naciones. Alicante había cambiado mucho y la fiesta de hogueras también.
Las calles no olían a sandía podrida, ni a orines recalentados al sol. Persistía, eso sí, el tufo del aceite frito y de las morcillas asadas, pero las vomiteras se regaban cada madrugada y las espaldas de las barracas no acumulaban basuras.
Las niñas jóvenes llevaban la ropa de moda, solo cabía esperar que ningún desgraciado confundiera las ansias de vida con el derecho a forzar.
Empezó a pasarme la vida por delante, Las hogueras marcaban la entrada al verano que, por aquel entonces, era largo y compacto.
En la explanada se ataba la traca de pólvora con cuerdas a las palmeras, de principio a fin, la parte central se quedaba vacía y los jóvenes corríamos con la vana esperanza de llegar a la otra punta del paseo antes que la serie de petardos, que no tenían una cadencia rítmica, parara o acelerara, dando esperanzas de poder ganar, cosa imposible.
Después del día de san Pedro cada quien se mudaba a las playas donde pasábamos los veranos.
Aquel año me apuntaron a clases de latín, por facilitarme la asignatura en cuarto de bachiller. Yo puse el grito en el cielo, tendría que madrugar y no quería ir a una academia, lo había aprobado todo, pero no hubo copla que me sirviera, ya estaba decidido.
Después los recuerdos se me deshilachan, salto de un verano a otro. Voy de la mano de mi madre y de pronto estoy haciendo carreas con la bicicleta. Me escapo a la hora de la siesta para buscar bichos en los saladares. Me niego a ir a clases de bordar, odio las labores y el silencio de las mujeres cuando bordan, son tristes y se enfadan conmigo porque mi trapito ya no está blanco. Aunque me encantan las madejas de los hilos de colores y apañar la tela en el bastidor, prefiero irme a la orilla del mar a tirar piedras planas y ver cuántas veces botan, coger cangrejos y preparar las trampas para los pulpos. Mi padre me lleva a la barraca del puerto para enseñarme a comer galeras.
De pronto me recuerdo secándome el pelo boca abajo para que me quede bien; empieza a importarme mi aspecto.
Lo que es seguro es que el tiempo pasaba despacio y apacible. La playa, la bicicleta y el cine de verano, los desayunos en el mercado, agua cebada con churros, que le servían a mi madre para asegurarse de que no me despistaba y entraba a las clases. No era necesario, me enamoré del vicario y aprendí suficiente latín para marear al profesor del instituto.
Después supe que Don Antonio, el vicario, al cabo de unos años, se casó con una mujer, su hermano también. En poco tiempo dos bodas. Era un poco sospechoso que de tres hermanos, dos curas y una monja.
Entonces España era un país de hambre y de pocas oportunidades, cualquier cosa valía para estudiar y comer. Eso dijeron mis padres, cada cual busca el camino como le dejan.
No sé cuando empezaron a llenarse de grietas los veranos, pero lo cierto es que un año me di cuenta de que ya no eran tan agradables. Yo había crecido y la época estival se había convertido en otra cosa. El calor, como el esfuerzo, eran inmisericordes y para colmo mi verano, como mucho, duraba un mes.
Cuando vuelvo de mis ensoñaciones el camarero de Peret está preguntando si queremos tomar algo más.


Gracias Ana. Me has hecho revivir mi vida en un momento a través de los veranos. Me ha gustado mucho. Un beso, me marcho ya
ResponderEliminarMUY BONITO Y LLENO DE NOSTALGIA....
ResponderEliminarGracias amiguitos 😊 😉 🤗
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