Cuento febreril

   


Aquel día el Papá Noel se tomó su licorcito matutino, para entonarse. De tan sabroso que le pareció, decidió tomarse uno más. Y luego otro. Relamiéndose y más contento que unas pascuas, enganchó a los primeros renos que encontró a su trineo y se puso en marcha.  ¿A dónde vamos?, preguntaron los renos. A casa de Lou Ou Ou, dijo el Papá Noel.  Los renos pensaron: ¿Lou Reed? ¿Lou con un par? ¿Qué Lou es este? No encontraron respuesta, así que los renos se pusieron en marcha y al cabo de un tiempo llegaron a casa de Lou Ou Ou. Naturalmente, el Papá Noel se durmió por el camino. Tres licorcitos son tres licorcitos y el noble anciano ya no tiene la resistencia de antes.

  Cuando se despertó tuvo que preguntar a los renos: ¿Dónde estamos, oh renos? Frente a la casa de Lou Ou Ou, oh venerable y adormilado anciano, contestaron los renos. ¿Lou Ou Ou? No sé quién es. Dijo el un notablemente atolondrado Papá Noel.  Los renos movían la cabeza entre resignados y enfadados. Oh, anciano Papá Noel, fíjate bien lo que te decimos:

   a) En vez de enganchar al trineo a tus renos mágicos de siempre has atado a los primeros que encontraste. A nosotros, que nada sabemos de Navidades ni nos importa un bledo, pues somos renos agnósticos, prosaicos y displicentes.

   b) Así y todo te hemos traído a casa de Lou Ou Ou, como dijiste, preguntando por el camino, mientras tú dormías y, por cierto, roncabas espantosamente.

   c) Y por si no te has percatado, estamos en febrero. O sea, no esperes árboles de Navidad, belenes ni bandejas con polvorones. Esperemos que al menos hayas traído un regalo a Lou Ou Ou. Algo que justifique esta intrusión, porque nos mira por la ventana con casi tanto asombro como regocijo.

   Comenzando a hacerse cargo de la situación, el Papá Noel dijo así: Oh renos de poca fe; por supuesto que tengo un regalo para Lou Ou Ou. Y escarbando en sus profundos bolsillos encontró algo entre la pelusa. ¡Una linterna mágica, oh renos! Cuando Lou Ou Ou no vea clara alguna cosa o incluso no la vea en modo alguno, encendiendo esta linterna podrá ver claramente cualquier cosa, animada o inanimada, grande o pequeña, cercana o lejana, suave o áspera, material o conceptual.
 
      Así que el Papá Noel entró a casa de Lou Ou Ou, que entretanto le había abierto la puerta. Allí se tomó un café que, por cierto, le mantuvo insomne una semana, porque hacía unos noventa años que sólo tomaba infusiones. Le entregó la linterna a Lou Ou Ou y le mostró cómo funcionaba. Efectivamente, había que mover una palanquita y enfocar la luz hacia el lugar de sombras que se quisiera iluminar, fuese un lugar material, espiritual, imaginario o mediopensionista. Entonces todo se aclaraba. Una verdadera linterna de sabiduría.

      El Papá Noel intentó hablar de fútbol con Lou Ou Ou y, en vista de las dificultades, debidas a que Lou Ou Ou sólo jugaba al billar francés y no le interesaba ningún otro juego o deporte, abrevió la visita excusándose con unas improvisadas excusas de mal pagador: Uy, qué tarde. Y tengo cita en la barbería... ¡que usted lo pase bien! 

      Marchóse el Papá Noel y quedó Lou Ou Ou en posesión de la linterna mágica de sabiduría.  Hizo una primera prueba, utilizándola para encontrar un libro extraviado. Funcionó. Entonces la empleó para saber qué tramaba determinada persona cuya nombre me excusarán por no dar, pues de nada nos serviría ya que no lo conocemos (era un enemigo secreto de Lou Ou Ou que estaba bajo sospecha). Y bien, así supo Lou Ou Ou que su enemigo secreto se había olvidado por completo de su enemistad. No queda claro si esto le produjo alegría, alivio o decepción.

     Guardó la linterna en su cofre de cosas chulas con ánimo de adquirir muchísima sabiduría gracias a tan simpático artilugio.

      Y de no ser porque la siguiente vez que la quiso encender se le habían acabado las pilas váyase usted a saber cuántos premios Nobel hubiera recibido a esta horas.  Ni que decir tiene que las pilas eran de un modelo que no se encuentra en el comercio, no hubo manera de reponerlas.

     Y esta fue la enésima pifia del Papá Noel. Así me la contaron -con una gran sonrisa etrusca- los Reyes Magos y así se la he contado a ustedes. 

      Si alguien cuestiona la veracidad de esta historia se las verá conmigo. No sé cuándo, dónde ni porqué, pero se las verá, ah, ah, ah. 





Comentarios

  1. Muchas gracias Salva, me has hecho reír, y eso en estos días es muy de agradecer. Muy buen e ingenioso relato, a lo que por otra parte ya nos tienes acostumbrados. Se te agradece un montón.

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  2. Me parece mentira (y te lo parecerá a ti) pero a mí me regalaron un artilugio con parecidas característica. Verdad es que no parece muy mágico, pero me lo guardé porque me parecía muy chulo, más de un año lo he estado reservando en el cajón de cosas chulas y hace un mes lo saqué decidida a usarlo. Es un mechero, voy a ver si soy capaz de adjuntar foto, estrafalario, funcional, cómodo y no sé si alguna cosa más.
    Al cabo de una semana se le agotó la pila, le di mil vueltas, pero no encontré ninguna fisura para poder cambiarla. Me dije, a mí misma, que era la tonta de siempre, que por reservarlo se había agotado sin usarlo y, ¡HALA! Te fastidias por inventar tesoros.
    De pronto se me iluminó la mente, tenía un pequeño “puerto” se me ocurrió ponerlo en el cargador del móvil y vi, extasiada, como una lucecita morada se encendía y lo devolvía a la vida. Te lo digo más que nada para ver si la linterna de Lou Ou Ou tiene salvación, sería fantástico.
    Tu relato me superencanta.

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  3. Fe de errores: Donde dice "Cuento febreril" debe decir "Cuento febreril febril".

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  4. Muy bueno, aunque me parece que le falta imaginación (es tan realista), jejeje.

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    1. Eso no se atreverá usted a decírmelo ante una mesa bien provista de comercio y bebercio.

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